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Cactus, Texas

Parte I: Manos migrantes transforman pueblo

08:47 AM CST on Monday, November 20, 2006

Por ARNOLD HAMILTON/DMN y DEBORAH TURNER/Al Día

El trabajo de miles de inmigrantes mantiene la producción de una planta procesadora de carne en Cactus, Texas, un poblado en la zona del Panhandle, al Noroeste del estado. Aquí están presentes los elementos contrastantes del actual debate sobre la inmigración. Por un lado, la mano de obra necesaria y barata; por otro, autoridades estiman que la mayoría de los trabajadores son indocumentadosCactus, Texas – Es conocido en esta región de Texas con un título solemne aunque no oficial: "El presidente de Cactus".

AL DÍA/Deborah Turner
Personas bailando con la música de Coralillo, una banda latina, en Bandolero Discoteque de Cactus, Texas el 17 de abril de 2006. Este club es uno de cinco bares hispanos de Cactus. Los clubes tienen grandes bailes cada fin de semana.

Su residencia, estilo villa española de dos pisos –desde la cual se observan chozas ubicadas en el centro– es llamada "La Casa Blanca". Entre sus propiedades figuran la única tienda de abarrotes y lavandería del lugar, por lo menos 18 propiedades de alquiler y un rancho aledaño de 575 acres.

Hace poco más de 30 años que Luis Aguilar llegó a este país proveniente de México, usando un nombre, una licencia y una tarjeta del Seguro Social falsos para conseguir un trabajo en esta planta empacadora de carne. Una década más tarde, se encontraba en el lugar y momento correcto para recibir la amnistía y el camino a la ciudadanía por medio de la reforma migratoria del 86.

Ahora, como alcalde de este pueblo, Aguilar es sin duda el más acaudalado e influyente residente del pueblo, no sólo es dueño de habitaciones de renta y vende abarrotes a una nueva generación de indocumentados, sino que también se le paga para ubicarlos en trabajos.

"Trabajo como ellos trabajan", dijo el oriundo del estado de Chihuahua. "Los ayudo a ganar dinero para sus familias. Trabajé de igual manera que ellos".

Ubicado a una hora de camino al norte de Amarillo, Cactus tiene una población oficial de 2,538 habitantes, pero en realidad serían ahí cerca de 5,000 personas. Las autoridades del lugar estiman que tres de cada cuatro residentes son indocumentados, atraídos por el trabajo en propiedades ganaderas o los salarios que pagan desde 11 dólares la hora en la plata empacadora de carne Swift & Co.

Cactus no aparece en la mayoría de mapas estadounidenses, pero para algunos en México y Guatemala que quieren una mejor vida, se ha convertido en una ciudad de destino. Su presencia ha transformado a la comunidad, lo que ha generado problemas para los líderes de la pequeña ciudad.

Mientras Estados Unidos debate la política migratoria frecuentemente en términos extremos –legalización o deportación– Cactus vive a diario la indistinta realidad de las porosas fronteras y los intereses detrás de uno de los mayores cambios demográficos en la historia estadounidense: millones de personas de bajos recursos ansiosas por una mejor vida, compañías listas para tomar ventaja de la mano de obra barata, autoridades federales impotentes de actuar mientras los residentes locales son los que tienen que lidiar con los problemas resultantes.

"Necesitamos ayuda federal", dijo Jeffrey Jenkins, el administrador de Cactus. "Desconocer las leyes estadounidenses provoca muchas complicaciones con las que el gobierno local no tiene por qué lidiar".

Entre estas complicaciones están:

Ladrones que se aprovechan de inmigrantes que llevan mucho dinero en efectivo porque no hay bancos aquí.

Identificaciones falsas que complican la solución de delitos cometidos por y contra inmigrantes.

Casas móviles inseguras, a menudo sobrepobladas con más de una familia, que surgen de la noche a la mañana en violación de las leyes de zonificación.

Tráfico de drogas y prostitución.

Y una escuela pública local, que carece de suficientes instructores bilingües, que recurre a clases intensivas de inglés para educar a casi el 77 por ciento de estudiantes que hablan poco o nada de inglés.

Los problemas creados por la inmigración ilegal no son únicos para Cactus. A lo largo de Estados Unidos, en especial en áreas donde los trabajadores son necesarios para empleos difíciles y a menudo peligrosos, los indocumentados continúan llegando por la frontera con México. Sin embargo los problemas de Cactus se ven acrecentados debido al tamaño y ubicación remota del pueblo.

Las autoridades del lugar quedan en medio de un dilema político. Saben que la planta Swift, el impulso vital del pueblo y el segundo mayor contribuyente del condado, atrae a los indocumentados por miles. Pero también temen que el creciente escrutinio federal y estatal pueda poner en peligro tanto a la planta como al pueblo, en especial si lleva a redadas y deportación de indocumentados.

Por su parte, las autoridades de Swift insisten en que hacen todo lo que legalmente pueden para verificar la autenticidad de los documentos de sus empleados, incluso participando voluntariamente en un programa federal destinado a detectar el uso fraudulento de números de Seguro Social, aunque al parecer con limitado éxito.

"Sé que hay cientos de ilegales que trabajan en Swift, los veo todos los días", dijo un residente que trabaja para un contratista de Swift y accedió a hablar sólo bajo condición de anonimato. "Son de Guatemala y México. Cientos de ellos tienen documentos falsos que les permiten trabajar aquí".

Cambian la cara al pueblo

El Cactus de hoy probablemente no es con exactitud lo que los líderes locales previeron en 1972 cuando anunciaron la apertura de la planta de carne como la salvación del pueblo.

Al comienzo, su fuerza laboral era mayormente local. Pero no pasó mucho tiempo para que llegaran los trabajadores inmigrantes, desplazando a los lugareños.

AL DÍA/Deborah Turner
Cada tarde de domingo, residentes del condado de Moore se reúnen para carreras de caballos entre Dumas y Cactus al este de la Autopista 287. Vestidos con sus mejores trajes de domingo, los residentes de pueblos aledaños beben cerveza, comen hamburguesas y apuestan a su caballo favorito.

Primero llegaron inmigrantes de Laos, quienes se convirtieron en el grupo de empleados dominante. Luego fueron reemplazados por mexicanos, quienes ahora empiezan a ser sustituidos, poco a poco, por guatemaltecos.

Es la historia perpetua. Asi como la del alcalde Aguilar, quien llegó al país cruzando a pie la frontera cerca de Tijuana.

¿Su meta en ese entonces? "Una mejor vida".

Fue una travesía peligrosa desde su hogar en Chihuahua. "Cuando crucé la frontera, pensé que sería la última vez. Casi me congelo".

Aguilar es un hombre de buena labia en español y se expresa con un inglés entrecortado que aprendió en el trabajo. Pasó tres años trabajando en un restaurante en Battle Mountain, Nev.

En 1976, a invitación de un familiar, viajó a la zona del Panhandle, en Texas, junto con su esposa Luz, de 18 años, y su hija menor, Rosa. En ese entonces, asumió el nombre de Amador Rivas. Y tenía documentos –aunque falsos– que así lo demuestran. En Cactus, era el típico inmigrante que trabajaba sin hacer ruido.

Poco después de haber llegado, la pareja tuvo su segunda hija, Eva. Él trabajaba de 12 a 18 horas al día en el departamento de envíos de la planta de producción de carne por 10 dólares la hora. "Buen dinero en ese entonces", dijo.

Con este trabajo, pudo mantener a su creciente familia, enviar dinero a México y ahorrar un poco. Poco después, fue promovido a director de envíos y recepciones, lo que le permitió comprar un edificio de apartamentos. Por siete años, él y su familia ocuparon dos de las cuatro unidades y rentaron el resto.

Luego, en 1986, recibió un regalo inesperado: fue uno de los 2.7 millones de indocumentados a los que se les concedió la amnistía promovida por el presidente Ronald Reagan en la Ley de Reforma y Control Migratorio.

Con su tarjeta de residencia en la mano, Aguilar escapó del mundo de la clandestinidad y se liberó de su alias Amador Rivas. Pudo volver a ser Luis Aguilar de nuevo.

Poco después se dio a conocer como un exitoso empresario, al comprar Cactus Laundromat y Cactus Grocery en 1988. Usando 11,000 dólares que había ahorrado de su trabajo en Swift –y un préstamo– compró la tienda del ex alcalde de Cactus Leon Graham después que un incendio devastó gran parte de su estructura.

"Le pedí a mi cuñado", dijo. "Él me prestó 300 dólares. Mi primo me prestó 300. Así reuní cerca de 21,000 dólares... y comencé a construir".

Con el tiempo, se convirtió en una fuerza en el pueblo, y sirvió como ejemplo para otros inmigrantes del sur de la frontera que buscaban el sueño americano.

Su casa estilo español domina el centro del pueblo y genera respeto entre las viviendas humildes que la rodean.

"El pueblo de Cactus", dijo, "construyó la casa para mí".

De hecho Aguilar abiertamente habla de su papel de ayudar a que otros indocumentados sigan su camino. "Trabajo como intermediario para lugares alrededor del Panhandle", dijo Aguilar, de 50 años. "Ellos me pagan y yo pago a la gente. Manejo sus tarjetas de horario aquí en la tienda. Me contratan para encontrarlos".

Choque cultural

Cactus hoy parece menos una pequeña ciudad del Panhandle que una colonia transplantada al corazón de lo que alguna vez era un lugar dominado por residentes anglosajones, granjas y ranchos.

Barracas construidas en los 40 albergan a casi media docena de trabajadores de Swift & Co. cuyas familias permanecen en sus casas.

La mayoría de los patios están sucios. Hay pocas flores y poco pasto; un campo de futbol en el lado oeste del pueblo con porterías hechizas; una cancha de basquetbol; y en mayor cantidad, lugares para conseguir bebidas alcohólicas al igual que en Dumas, el condado cercano.

Aquí ocurre un choque de culturas y costumbres en varios temas: desde educación hasta sexo.

Algunos de los estudiantes más jóvenes de las familias recién llegadas deben ser instruidos, por ejemplo, sobre el uso de agua potable dentro de las viviendas. Otros inmigrantes se desconciertan cuando se les informa que no sólo es inaceptable, sino ilegal que un hombre de 20 a 30 años tenga relaciones sexuales con adolescentes.

Las normas de zonificación son difíciles de aplicar.

"La gente no cree en que les debes de decir qué hacer y dónde poner las cosas", dijo Jenkins, administrador de la ciudad. "Ellos traerán trailers cuyas paredes se caen y las querrán reparar y rentar a alguien. Por otro lado, tienes a los inquilinos... ellos creen que si lo reportan o algo, serán deportados ... Así que los arrendadores se aprovechan de ellos en algunos lugares".

Puestos móviles de comida sin autorización pululan por todo el pueblo, lo cual es un constante dolor de cabeza para las autoridades.

"Los puestos móviles son difíciles de ubicar porque pueden estar ahí un sábado por la noche y luego desaparecen", dijo Jenkins. "El estado sólo tiene a un funcionario de la oficina de alimentos para esta área... Esto pone una carga sobre el gobierno local para elevar impuestos y puede enfermar a la gente".

Según la policía, algunos residentes mexicanos –preocupados de perder sus trabajos por los nuevos inmigrantes– han optado por golpear, robar y atemorizar a los recién llegados guatemaltecos, quienes no reportan crímenes por temor a ser deportados.

El jefe de la policía Tim Turley ordenó a sus oficiales a pedir la documentación de cualquier persona que encontraran en las calles después de la medianoche luego de una serie de robos, y un ataque brutal. Los trabajadores que abandonan la planta después de la medianoche eran usualmente los primeros objetivos de los ataques, dijo la policía.

"Fui y compré una cámara Polaroid ... y dije: desde ahora si ves a una persona a pie después de la medianoche, la detienes, la fotografías y se le pide su identificación", dijo el jefe Turley.

Los guatemaltecos que llegan a Cactus provienen de una región afectada por la guerra, dice, en lugares donde la presencia policiaca no significaba seguridad pública. Así que Turley ordenó a sus policías que nunca ordenen a un guatemalteco a arrodillarse.

"Si les dices que se arrodillen, piensan que van a recibir un disparo en la cabeza", dijo Turley. "Les dices que se sienten".

Además, la policía investigó recientemente alegatos de que al menos dos trabajadores de Swift extorsionaban con 800 dólares a cada potencial empleado a cambio de "arreglarles" problemas con sus documentos. Durante la investigación, la policía informó que dos trabajadores de recursos humanos de Swift fueron despedidos.

Un funcionario del sindicato insistió que los despidos no tenían nada que ver con "inmigración". Un portavoz de la empresa se negó a hablar del tema, explicando en un e-mail que "es irresponsable que comente acerca de rumores e insinuaciones".

No se localizó a los empleados despedidos para obtener sus comentarios. Nadie respondió a la puerta en la residencia de uno de los empleados. En otra, un hombre dijo que el ex empleado no hablaría con el reportero. Tras los despidos se acabó la investigación.

El motor del pueblo

El Cactus moderno fue construido con carne. El extenso complejo de Swift se destaca en el lado oeste de la carretera US 287. La autopista de cuatro carriles, una arteria principal que conecta a Dallas-Fort Worth con Denver y el oeste de las Montañas Rocosas, separa la fábrica de la mayor parte de las áreas residenciales de la ciudad.

Rodeado de una cerca de metal con alambre de púas, la planta funciona todo el tiempo, procesando unos 5,300 animales diarios, según archivos de la Comisión de Valores e Intercambio. El verano pasado, los empleados de Swift trabajaban en un horario de seis días por semana, liderando la creciente demanda estadounidense de carne en los meses más cálidos y apropiados para asados al aire libre.

Las agencias federales y estatales reportan pocas pruebas de problemas en la planta, incluyendo temas de seguridad para los empleados.

Casey Williams, líder en el Local 540 del sindicato de Trabajadores de Alimentos y Comerciales Unidos, dijo que los funcionarios del sindicato y monitores de seguridad en el trabajo se reúnen con la empresa cada semana.

"Casi nunca recibimos llamadas para ir a Swift por alguna lesión", dijo Theron Park, administrador del hospital del condado. "Mi impresión es que tienen un programa bastante completo de seguridad".

Pero es difícil saber con precisión qué sucede dentro de la planta. Swift negó entrevistas con su jefe de Cactus y una visita a las instalaciones. Y la mayoría de los empleados no quieren ser vistos, mucho menos entrevistados, por miedo de perder sus trabajos o ser deportados. "Ser indocumentado es espantoso", aseguró Lydia Hernández, asesora de inmigración en Catholic Family Services Inc. en Amarillo, "pues no sabes quién es tu amigo".

Los que acordaron hablar describen condiciones difíciles.

Un hombre empleado por un contratista de una fábrica describe que muchos de los trabajadores indocumentados llevan una existencia casi feudal.

"Trabajan demasiado", dijo el hombre, que acordó hablar a condición de permanecer en el anonimato. "Lo veo a diario. Los hacen trabajar como locos".

Otro empleado de hace mucho tiempo dijo que los gerentes de la planta saben que no todos los empleados están aquí legalmente.

"Hace más o menos un mes, cuando vino inmigración. ... Estábamos dentro (de la planta) trabajando y los cascos verdes y los gerentes advirtieron: 'si no tienen sus documentos, no salgan, porque inmigración está aquí'", declaró.

Sean McHugh, portavoz de Swift, dijo que no pudo encontrar pruebas de ese incidente.

Tal acción de un gerente de Swift "sería vista como un serio incumplimiento de nuestra integridad. Tomaríamos las medidas adecuadas contra ese individuo", dijo.

Los funcionarios de Swift dicen que hacen todo lo que pueden de forma legal para verificar la autenticidad de los documentos.

"Probablemente no ocurre más de 12 veces al año", dijo Doug Schult, vicepresidente de recursos humanos, operaciones de campo y relaciones con los empleados de Swift, cuyo cuartel corporativo esta en Greeley, Colo.

Las autoridades de la ciudad frecuentemente elogian los esfuerzos de Swift de asegurarse de la legitimidad de sus empleados.

Pero Turley aseveró que "con frecuencia" regresa llamadas de víctimas de robo de identidad que se enteran que sus nombres, números de Seguro Social, fechas y lugares de nacimiento fueron tomados por trabajadores de la planta.

Ya sea de Connecticut o California, las llamadas por lo general empiezan igual:

"¿Dónde diablos está Cactus, Texas?"

Pocos quieren el trabajo

Hace más de 20 años, la industria de la producción de carne al por mayor era principalmente ocupada por anglosajones que ganaban más de 20 dólares la hora.

Ahora, los estudios muestran que las fábricas están dominadas por inmigrantes hispanos, la mayoría de los cuales reciben menos de 12 dólares la hora.

Duke Millard, que dirigió la planta de Cactus desde su construcción en 1972 hasta que se jubiló en 1999, dijo que siempre tuvo una fuerza laboral "multirracial", desde sus 400 empleados iniciales a los casi 2,700 que tiene ahora.

"Nunca la imaginé como una fuerza laboral de inmigrantes", dijo.

Williams, que negoció el contrato de Cactus con el sindicato, dijo que la planta aún contrata anglosajones, pero "por lo general no duran".

Una de las razones es que "es uno de los trabajos más difíciles que he hecho en mi vida", señaló Williams, que trabajó en tres fábricas de procesamiento en el oeste de Texas. "Exige mucho físicamente".

Según las autoridades, suelen encontrarse adolescentes trabajando en la fábrica –mienten sobre su edad para ser contratados– cuando por ley deben estar en la escuela.

Cactus atrae a otros jóvenes pero no consiguen trabajo.

Por ejemplo está el caso de "Spot", un joven que fue detenido por la policía de Cactus por abusar del sistema telefónico del 911. Llamó y colgó más de 40 veces en varios días, sin poder comunicarse de ninguna otra forma que en un dialecto de Guatemala.

Los oficiales lo recogieron: alimentándolo, encontrándole lugares dónde quedarse, pasando tiempo con él, y con el tiempo tratando de enseñarle inglés y español.

Lo que aprendieron, según Turley, les rompió el corazón: "en un español incompleto, pudimos determinar que no era Carlos Torres de 18 años, como creyeron al principio, sino Gaspar Ambrosio Quixan de 16 años.

"Quería regresar a Guatemala porque no tenía suficiente dinero para comprar documentos falsos y poder conseguir trabajo" en Swift. Turley dijo que no pudo encontrar ninguna organización gubernamental que le ayudara; los agentes federales se negaron porque Gaspar era menor de edad, los estatales porque era indocumentado.

Un día, Gaspar desapareció.

La policía de Cactus no tiene idea de qué sucedió con él.

Millard, que dirigió la planta para cinco diferentes empresas en sus primeros 27 años de existencia, dijo que nunca se anunció al sur de la frontera la búsqueda de empleados, ni contrató a los llamados "agentes" para buscar posibles empleados.

Schult, el funcionario de Swift dijo que algunas empresas siguen haciendo lo que describió como "reclutamiento móvil", pero la suya no porque "lo único que hace es aumentar la rotación. Es una puerta giratoria".

Así que, ¿Cómo es que personas de México y Guatemala terminan empleados en Cactus? "Es algo para lo que se corre la voz", indicó Hernández de Catholic Family Services. "Alguien viene a trabajar, tienen amigos y les hablan al respecto".

"No vienen sólo porque es Cactus. Alguien tiene que traerlos".

Williams sostiene que se enoja cuando se entera de que los empleados inmigrantes son descritos más que nada como infractores de la ley que están exprimiendo a los contribuyentes estadounidenses.

"Muchos terminan en estas industrias donde nadie más quiere trabajar", dijo, añadiendo que todos pagan impuestos de nómina y Seguro Social, al igual que los demás empleados estadounidenses.

De hecho, los ingresos de Seguro Social para los miembros que no correspondían a los nombres en la base de datos del gobierno, registrados en un "archivo de ingresos suspendidos", eran de casi 520,000 millones de dólares hasta el 2003, el último año para el que hay información del gobierno disponible. Tres cuartas partes de esa cantidad llegaron entre 1990 y 2003.

Los impuestos de Seguro Social pagados así han aumentado: sólo en el 2001, unos 7,000 millones de dólares en impuestos fueron pagados en casi 58,000 millones en ganancias, según la oficina de la organización en Dallas.

Algunos creen que esa cantidad proviene de empleados indocumentados que no tratan de reclamar el dinero porque temen ser atrapados por las autoridades.

A pesar de la dificultad del trabajo –es repetitivo, cansado físicamente, hay que ver sangre e intestinos– Williams dijo entender por qué algunos arriesgan todo para conseguir un trabajo en un lugar como Cactus, donde los empleados ganan el equivalente a entre 20 y 25 dólares la hora, si se incluyen prestaciones como cuidado médico.

"Si viviera en Guatemala y no pudiera conseguir trabajo y tuviera una esposa y familia. También lo intentaría", dijo Williams.

No hay mucho que hacer

Para muchos de los empleados, hay un ritmo muy simple en la vida de Cactus: trabajar muchas horas, pasear por Center Drive, beber cerveza, y hacer lo mismo, otra vez.

El alcalde Aguilar y el sargento Stewart Moss de la policía de Cactus no parecen estar de acuerdo en muchas cosas. Pero ambos reconocen esta práctica. "¿Para divertirse?... no tenemos mucha diversión aquí", dijo Aguilar, "Sólo trabajar".

"Beber", agregó Moss.

"Beber y trabajar", acordó Aguilar. "Es la única diversión que tienen. Si te detuvieran sólo por eso... la diversión se termina".

Cuando la policía se involucra, las culturas chocan.

"Si atrapamos a alguien haciendo algo que no debe estar haciendo... inmediatamente dicen: 'soy amigo de Luis (Aguilar)' ", sostuvo Moss. "¿Y qué? No te excusa de hacer lo que hiciste. Y estoy seguro de que han usado su llamada en la prisión para llamarte."

Aguilar: "A la una de la madrugada, dos de la madrugada: 'Luis, el policía me detuvo... estoy aquí' ".

Moss: "Pero te dijeron por qué te detuvieron".

Aguilar: "No, sólo me dicen, '¿puedes hacer algo por mí?' Y no puedo hacer nada. Eso es todo lo que puedo decirles".

Puede ser visto como "El presidente de Cactus", por algunos, pero Aguilar siente que otros están contra él. Ven al ex inmigrante con recelo, lo retratan –casi siempre en privado– como un alcalde sediento de poder que piensa que opera un feudo al estilo mexicano, sin importar las leyes estadounidenses.

"Solía ser un inmigrante indocumentado. Cuando llegué a ser alcalde, algunos dijeron, '¿qué vamos a hacer con un ex mojado como alcalde?' "

"Todo el concejo está contra mí. Supongo que no les gustan mis ideas. Está en mi contra. Sabes, he vivido en Cactus desde hace 30 años. Me importa Cactus. Quiero hacer algo bueno por Cactus".

Hamilton escribe para The Dallas Morning News. Turner es fotógrafa de Al Día.

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