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Cactus, Texas

Parte II: Duras historias de carne y hueso

08:50 AM CST on Monday, November 20, 2006

Por DIANNE SOLIS y DEBORAH TURNER

Cactus, Texas ­ Center Drive reboza de vida a las 5:45 a.m. y a las 2:45 p.m., horas en que los trabajadores se encaminan hacia la empacadora de carne Swift & Co.

Tomás Cus intenta ganarse la vida en ese lugar, procesando comida en cajas por 13.30 dólares la hora. Tomás es su nombre real. En la planta de procesamiento, el joven guatemalteco utiliza un nombre diferente.

Su compatriota Martín Tiniguar también usa otro nombre y recibe 11.80 dólares por cada hora por procesar carne. Lo mismo pasa con su hijo, Sebastián, que corta la carne en trozos; Mario Lux, que elimina la grasa de la carne durante ocho horas al día, cinco días a la semana, por 11.90 dólares la hora, y Víctor Manuel Nax, que deshuesa la carne por 11.80 dólares la hora.

Los hombres están entre los miles de inmigrantes indocumentados que trabajan con identidades falsas en la industria de procesamiento de alimentos de Estados Unidos.

DEBORAH TURNER/AL DÃA
DEBORAH TURNER/AL DÍA
Trabajadores de la planta de procesamiento de carnes en Cactus, Texas, esperan el comienzo de su turno. La mayoría son inmigrantes indocumentados y trabajan ocho horas al día, cinco días a la semana, por sueldos que están entre 11 y 13 dólares la hora.

Cus, de 23 años, rara vez sonríe. Le pagó a un coyote 6,000 dólares para que lo guiara desde la provincia de Quiché, en el sureste de Guatemala, hasta México, pasando por pandillas, agentes fronterizos y el Río Grande, en Ciudad Juárez. Para recaudar el dinero, Tomás pidió un préstamo en Guatemala que su familia tiene que pagar con un interés mensual del 10 por ciento.

"Hay veces que es realmente duro, pero vienes aquí por necesidad", dijo Cus, que dejó atrás a sus padres, tres hermanos y cuatro hermanas. "No venimos aquí a descansar. Venimos a enviar dinero a casa".

Su sueño es comprar una casa para su familia en Quiché.

Para ahorrar vive con otros cinco hombres en una casa móvil con seis camas y aire acondicionado cuyo color beige se pierde en la franja de suciedad en la que está ubicado. Entre todos pagan 120 dólares a la semana.

Cus llegó a Cactus por North Carolina, donde había pasado 10 meses trabajando en la industria agrícola. Se fue porque no había suficiente trabajo.

Ese no es el caso de Cactus, donde la vida de Cus, básicamente gira alrededor de su turno de las 3 p.m. en la planta.

"Voy a trabajar, voy a casa, cocino, duermo y luego vuelvo a hacer todo de nuevo", dijo. "Estados Unidos es bonito y puedes comer bien, pero eso es si no tienes deudas".

El viaje al norte de Lux, otro de los trabajadores, lo llevó por el desierto de Sonora, hacia el pueblo mexicano de Altar, un punto clave para inmigrantes, unas 60 millas al sur de Arizona. Caminó dos días y una noche por el desierto, dejando atrás esqueletos a la merced del sol.

"No sabía a dónde iba, pero sí que me pagarían 10 dólares la hora en alguna planta de carne", dijo Lux al relatar su travesía.

En la planta, el joven de 26 años usa tres pares de guantes, incluyendo un par con fibras de acero para impedir que los cortes de cuchillo destrocen sus manos.

No hace mucho tiempo, la cadena mecanizada de reses muertas comenzó a acelerarse, dijo.

Sentía punzadas en los hombros por el esfuerzo. Pero sus pulgares le duelen más. Está feliz de poder pagar su deuda con el coyote, pero todavía debe los intereses. Está obligado a pagar una tasa del 10 por ciento al mes.

Según la ley guatemalteca, esa tarifa es ilegal. Por lo general, es la tasa que se aplica a los inmigrantes más pobres, dice el abogado Nazario Monzón, de Guatemala.

Los trabajadores guatemaltecos deben pagar una tasa bancaria no mayor al 3 por ciento por sus préstamos bancarios, pero muchos son demasiado pobres para ofrecer una garantía o sus tierras no cuentan con escrituras, afirma el abogado.

Eso significa que muchos no van a los bancos. Y Monzón nunca ha escuchado sobre un juicio.

"Fue un poco duro", dijo Lux, con timidez. "Fue un poco más que duro. Fue doloroso".

Un 'trabajo para animales'

Cus dice que encuentra algo de consuelo cuando acude a cantar con un grupo de oración llamado Cristo Salva, de la pequeña iglesia bautista liderada por el pastor José Rosales. Cus es la voz cantante del grupo, compuesto por un trompetista, dos tecladistas, un guitarrista y otro miembro encargado de la percusión.

A Cus se le ilumina el rostro cuando toma el micrófono y observa a sus compatriotas guatemaltecos en la iglesia.

"Es un honor decir el dulce nombre de Dios", dice Cus.

En el mismo fin de semana en que los trabajadores cuidan sus dolores físico y espiritual, el Ku Klux Klan marcha por las calles de Amarillo contra la inmigración de indocumentados.

"¿Que K?", pregunta Rosales cuando se entera del KKK, un líder que se hace llamar Grand Dragon y la policía de la ciudad sobre los techos con sus armas.

El pastor abre los ojos sin poder creerlo. Luego, se encoge de hombros.

La vida en esta región es difícil, dice. Las leyes no funcionan. Las identidades falsificadas, trago, tráfico de drogas y "la profesión más antigua del mundo", proliferan, añade. La policía local respalda su descripción.

Rosales, de 55 años, es más que un pastor para el rebaño de inmigrantes.

También hace las veces de cartero, consejero y a veces chofer.

Reparte todo el correo que llega a los indocumentados a la casilla postal de la iglesia.

También está disponible para llevarlos al médico cuando haga falta. El médico más cercano está a 16 millas de distancia y la mayoría no tiene automóvil.

"A veces los envían al médico para que les revisen los oídos", indica Rosales. "A veces yo tengo tiempo de hacerlo, si no, mi esposa los lleva o una de mis hijas".

El religioso almacena una variedad de solicitudes de empleo relacionada con el negocio que tiene que ver con el ganado en el área del Panhandle.

"Muchos de ellos no saben leer ni escribir", asegura Rosales. "A veces traen sus solicitudes. A veces no. Pero tengo muchas aquí. Cada vez que voy recojo dos o tres de la planta (de Swift), de Guymon, Liberal... de a donde quieran ir".

Hasta trató de empezar clases de inglés durante dos horas al día para ajustarse a los horarios de los empleados en la planta. Pero pronto dejaron de asistir.

"Empezaron a venir, pero están tan cansados cuando salen de trabajar... Y tienen que hacer comida para el día siguiente. Todos preparan sus propias comidas. Tienen mucho que hacer".

"Si vieras la clase de trabajo que hacen en la planta. Es un trabajo para animales", afirma el predicador. "Y sufren no sólo por el trabajo, sino por la forma en que son tratados".

No se quejan por miedo

Mario Barrientos está de acuerdo. Viene del estado de Chihuahua y trabaja en el matadero de la planta Swift.

"Los guatemaltecos son muy buenos trabajadores", dice Barrientos. "Nunca se quejan".

No le importa tener que escuchar la letanía de problemas que ve en la planta, empezando por el lugar donde se sacrifica a las reses.

"La matanza es horrible. Te llenas de sangre. Hasta tienes que bañarte. Las vacas pueden estar enfermas y pueden tener pus", asegura.

Barrientos afirma tener documentos, a diferencia de muchos de los trabajadores guatemaltecos que temen perder sus empleos si hablan.

Tiniguar, por su parte, dejó hace cinco años Las Joyas, un poblado rural en el municipio de Zacualpa, Guatemala, para trabajar en Swift.

En su pueblo ayunaba dos días en un ritual religioso. La economía era un desastre después de una guerra civil de 36 años que terminó con acuerdos de paz en 1996.

Se encomendó a los "seres superiores" y les pidió sobrevivir el largo camino hacia Texas. "Tenía que asegurarme de estar vivo. En este mundo hay todo tipo de cosas que te pueden pasar", afirma

Su empleo en Swift le permite enviar unos 200 dólares a su esposa, Juana, para mantener a los cuatro hijos que todavía viven allá.

Pequeño y enjuto, de 5 pies y 3 pulgadas de altura, Tinigua está cansado y desgastado. Aparenta más de los 44 años que tiene.

El trabajo puede ser doloroso, reconoce. Pero su hijo Sebastián, de 18 años, que llegó hace dos años, sabe como aguantar.

Como muchos de los jóvenes de Cactus que trabajan en Swift, su hijo corta en trozos de bistec las reses de 800 libras, mientras la carne se mueve sobre una banda a velocidades exasperantes.

Un segundo hijo de Tinigua está tratando de llegar desde Guatemala.

Pero en su intento se quedó varado en Matamoros, al otro lado de Brownsville, Texas.

Tan escaso es el conocimiento de Tiniguar de la frontera entre EU y México que no se da cuenta que Matamoros colinda con el Río Grande. Durante días se dedica a hablar por teléfono celular con su esposa, Juana, que aún está en Zacualpa.

Ambos están preocupados por la suerte de su hijo y por la posibilidad de que no consiga cruzar la diagonal de Matamoros hasta el Panhandle de Texas. "Está perdido", dice Tiniguar a su mujer en el teléfono.

Nax llegó a EU por México con otros 20 hombres. Pagó a un coyote 6,000 dólares para que lo llevara a un trabajo garantizado en Texas. No sabía dónde ni qué trabajo sería. Sólo se imaginó que la paga sería mejor que lo que ganaba cortando caña de azúcar en Guatemala. Gana unos 11.80 dólares la hora separando carne de huesos en Swift.

Tiene callos en las manos, a pesar de trabajar con guantes gruesos. Con sus jeans negros, camisa gris y cabello con vaselina, Nax, de 18 años, se parece a cualquier otro adolescente estadounidense.

Pero tiene responsabilidades de adulto. Mantiene a su madre y a dos hermanas en Las Joyas, en la provincia de Quiché.

Cuando se le pregunta su nombre, Nax da una respuesta demasiado común: "¿Cuál nombre quiere, el de Guatemala o el de aquí?".

El trabajo paga mucho más que los dos dólares al día que recibiría recogiendo café o trabajando en la milpa de la familia. Como muchos de los guatemaltecos que llegaron de Quiché, Tinguar debe a un prestamista el dinero que con el que viajó a Estados Unidos. Y el interés del 10 por ciento mensual se está acumulando.

Solís y Turner escriben para The Dallas Morning News.

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