Princeton – Sentado en la alfombra pegajosa de su sala, Martín Valtierra
reunió unos juguetes pequeños, fotografías y trastes, para empacarlos y
salir de su casa.
Muchos de los objetos todavía estaban cubiertos por restos de harina y
granos de arroz con helado derretido y salsa de tomate seca.
AL DÍA / Roberto M. Sánchez
Martín Valtierra muestra algunos de los destrozos hechos a su casa en
un ataque de tono racista.
"Ya no queremos vivir aquí. No me importa que hayan arruinado tantas
cosas, pero lo que sí me duele son las fotografías de mis hijos que
echaron a perder", dijo Martín el lunes por la tarde, durante una visita
que hizo a su hogar. "Cuando llegamos, entre las cosas que se nos
pegaban en los zapatos estaban las fotos que por tanto tiempo habíamos
guardado".
Mientras empacaban, los Valtierra recibieron la visita inesperada de
varios vecinos, que llegaron a ofrecer disculpas por lo sucedido y a
pedirles que no se fueran del vecindario.
"Por favor no se vayan. Tienen buenos vecinos", les dijo Donna Inselman,
quien vive en una casa situada detrás del hogar de los Valtierra.
El fin de semana del 9 de julio, mientras Martín y su familia se
encontraban fuera de la ciudad visitando a un pariente, alguien se metió
en su hogar y cometió una serie de actos vandálicos, desde desparramar
salsa BBQ sobre la computadora de sus tres hijos, hasta marcar una pared
con una frase racista y una cruz gamada, el símbolo del nazismo.
El Departamento del Sheriff del Condado de Collin asegura que investiga
el caso.
"Haremos lo posible por determinar el motivo de los actos", dijo John
Norton, vocero del Departamento del Sheriff del Condado de Collin.
"No descartamos que pudo ser algo racista, pero solamente se tratará
como tal si se le puede demostrar a un juez que el culpable lo hizo por
prejuicioso y discriminatorio. En sí, un robo a una casa se considera
delito mayor".
La familia Valtierra llevaba cuatro meses viviendo en esa casa móvil,
por la cual pagaba 850 dólares de renta al mes.
"Vivíamos en McKinney antes, pero nos gustó esta zona porque parecía ser
muy tranquila y a los niños les gustó", recordó Leticia Valtierra,
esposa de Martín.
Cuando Martín llegó a su casa el lunes 11 de julio, se encontró con algo
muy diferente a lo que había dejado antes de salir de viaje.
"Cuando llegué, miré que rompieron todo. Se burlaron de nosotros.
Comieron aquí y no quiero ni pensar qué habrían hecho en mi cama y en la
mesa", dijo.
Aún no se sabe cuántas personas estuvieron involucradas en el vandalismo
cometido.
Pero "tuvo que ser más de una persona y tuvieron que estar aquí por
mucho tiempo", expresó Leticia.
Entre lo que encontraron, había copas de vino clavadas en las paredes,
huevos estrellados contra las paredes, mostaza embarrada en los pisos,
harina y miel untada en los sofás, las pantallas de las televisiones
rotas y un espejo rayado. En la cocina había todo tipo de comida tirada
en el piso, desde un caldo de res que había preparado Leticia, hasta
pedazos de pescado que sacaron del congelador. También dejaron piezas de
pan mordidas en el piso, dijo Leticia.
También había cuadros quebrados, veladoras rotas, fragmentos de la
alfombra manchados de cloro, ropa arruinada con líquidos de limpieza,
colchones rajados y las recámaras de los niños destrozadas con manchas
rojas en el techo, muñecas pintadas, juegos volcados, ropa tirada y
marcas de cuchillos en las paredes.
"Yo siento que cualquier persona se pudo haber metido y hacer todo esto,
pero si no hubiera sido un acto racista, no hubieran escrito lo que
escribieron en la pared de nuestra recámara", expresó Leticia,
refiriéndose a una frase que contenía la palabra "beaners" (frijoleros)
en inglés.
Sus tres hijos de 11, 9 y 4 años no han visto su casa desde que salieron.
"No quieren regresar. Nos han visto llorar y nos dicen que no lloremos,
que al cabo ellos no necesitan sus juguetes", indicó Martín.
Antes del incidente, la familia Valtierra no convivía mucho con los
vecinos.
"Nos saludábamos de lejos pero no nos hablábamos. Cada uno vivía su
vida", dijo Martín.
El lunes varios vecinos acudieron a visitarlos.
Donna y su esposo, Fred Inselman, ofrecieron ayuda para limpiar y le
preguntaron a Leticia si necesitaba dinero. Luego Donna le dio un abrazo
y juntas lloraron.
Poco después llegó Kris Richins, otra vecina que pidió a la pareja que
no se fuera de ahí.
"Este es un buen vecindario. Queremos que se sientan seguros. Podemos
ayudarlos y esto no volverá a suceder", aseguró Richins.
Pero Leticia y Martín, quienes llevan 12 años de casados, dicen que ya
no pueden vivir ahí.
"Nos agarraron en un momento en el que no tenemos dinero", lamentó
Martín.
"Yo no puedo mandar a mis hijos a la escuela pensando que hay alguien
por aquí que nos conoce y que nos puede estar viendo", añadió Leticia.
Shelly Jorgensen, dueña de la propiedad, dijo estar preocupada por los
Valtierra.
"Creo que lo que sucedió es algo horrible. Me hizo sentirme enferma. Les
ofrecí otra casa", aseveró Jorgensen.
Los Valtierra, sin embargo, dicen que no han sentido el apoyo que
hubieran deseado.
"Fui yo quien le ha llamado (a Jorgensen) y ella sólo ha mostrado
interés en su propiedad.
Esto era nuestra vida, no sólo una propiedad más", dijo Leticia.
Jorgensen dijo que se le haría difícil perdonar la renta de julio pero
"tampoco los voy a corretear hasta que me paguen", dijo.
Mientras tanto, Carlos Quintanilla, un líder cívico de Dallas, aseguró
que la juguetería Toys R Us va a donar juguetes para los niños y la
mueblería FAMSA está dispuesta a colaborar con algunos insumos básicas
para la casa.
También señaló que la panadería La Paloma de Dallas inició una
recaudación de fondos.
"Estamos en el año 2005. Estas cosas no deberían suceder", dijo.
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