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Poblados resienten y lucran con migrantes

01:44 PM CDT on Tuesday, August 31, 2004

Por ERNESTO LONDOÑO / Al Día

Palomas, México – Es una bendición que el sacerdote Abel Retano ofrece con sentimientos encontrados.

Prácticamente cada domingo, al terminar la misa, mujeres con niños de brazos se acercan al altar.

"Dicen, écheme la bendición padre, que voy a cruzar al otro lado", narró Retano durante una reciente entrevista afuera de su parroquia. "Me da mucha tristeza que piensen que con una bendición van a poder cruzar. Es la fe de la gente y yo no le puedo negar la bendición a nadie. Si no se la niego a una prostituta ni a un homosexual, menos se la voy a negar a un migrante".

Palomas, un pueblo al sur de Columbus, N.M., se ha convertido en un eje principal de la inmigración ilegal en años recientes, a medida que iniciativas del gobierno estadounidense han dificultado el cruce ilegal de bienes y personas a lo largo de zonas urbanas de la frontera.

Esto ha provocado cierto desarrollo económico, pero también ha traído problemas de criminalidad a los vecinos de lo que algún día fueron tranquilos enclaves rurales, según habitantes y autoridades.

Sin tapujos

Prácticamente a cualquier hora del día, la plaza central de Palomas ­ población también conocida como Rodrigo M. Quevedo, Chihuahua ­ reboza con docenas de personas que están en busca de un "coyote", o esperando que salga el próximo autobús a Las Chepas, un caserío a media hora de Palomas, que se ha convertido en uno de los puntos de partida más populares entre inmigrantes.

"Hay días que pasan hasta 100 (inmigrantes)", dijo Ángela Ortiz, quien tiene una pequeña tienda en Las Chepas. "Ya no se soporta".

Durante los últimos 10 años, Palomas ha hecho del contrabando de humanos su principal industria, un fenómeno que se discute abiertamente, sin vergüenza ni tapujos.

"De eso vive el pueblo", comentó el Dr. Roberto Gutiérrez, un médico que atiende la única clínica del pueblo. "Aquí no hay industria".

Pero riqueza, en años recientes, sí.

Por las vías descubiertas del pueblo transitan autos y camionetas lujosas. Los restaurantes permanecen repletos, y los salones de baile atraen clientela con luces de neón.

Para un pueblo de su tamaño (con 5,210 habitantes, según el censo del 2000), Palomas tiene una industria hotelera descomunalmente grande: siete hoteles y casi una docena de casas de huéspedes. Cientos de personas llegan al pueblo diariamente a bordo de autobuses y camiones con la única intención de cruzar a Estados Unidos.

Aún así, el constante ir y venir de gente por el pueblo parece beneficiar sólo a unos cuantos.

"Perjudican mucho, pero no dejan ningunos beneficios", dijo Ricardo Montoya, presidente seccional de Palomas, una comunidad que pertenece al municipio de Asunción.

"Las familias ya no pueden ir a pasar un ratito en la plaza porque los migrantes se amontonan ahí", agregó Montoya, quien lleva 11 años viviendo en Palomas. "Además dejan mucha basura, mucha cochinada".

En los últimos años, el pueblo ha visto la apertura de tres hoteles y cinco negocios ­ pequeños restaurantes y unas tiendas ­ que viven de los inmigrantes. Pero Montoya reitera que la mayoría de las personas que pasan por Palomas rumbo a Estados Unidos son de escasos recursos, y por lo tanto, gastan poco dinero en el pueblo.

Cuando Nieves Maloof llegó a Palomas hace 24 años, el pueblo tenía aproximadamente 3,000 habitantes, una maquiladora y pocos automóviles. La maquila cerró, el pueblo creció y las únicas industrias que están en auge en el pueblo son el tráfico de droga y de inmigrantes, dijo.

"La economía del pueblito se nota", dijo Maloof, quien maneja una ferretería con su marido. "Mi pregunta es: ¿Qué pasa con la generación de los jóvenes cuando el único trabajo que hay es ilícito?"

La calidad de vida del pueblo también se ha visto afectada. Hace una década, los niños salían a la calle sin preocupación. Había pocos robos y poca delincuencia.

"Había más seguridad porque no había el atractivo de pasar tanta gente. La gente del pueblo nos conocíamos todos", dijo Maloof.

Los que van hacia el Norte

Durante una tarde reciente, un grupo de cinco muchachos y un joven de 15 años abordaron en la plaza central un autobús escolar del año 1981 que solía pertenecer al distrito escolar de Fort Valley, Ga. El camión ahora transporta inmigrantes desde el centro de Palomas al punto del desierto donde comienza el territorio estadounidense.

Venían de Chihuahua. Benito, uno de los hombres, ya había hecho el recorrido, y estaba sirviendo como guía para los demás. Era la primera vez que traía a su hermano menor, Lucio, el más pequeño del grupo.

Todos estaban vestidos de negro. Cada uno portaba dos galones de agua, varias latas de atún y salchichas y una muda de ropa – un bulto suficientemente liviano para cargar durante las 20 horas que planeaban caminar.

Cuando los muchachos llegaron a Las Chepas, se bajaron del autobús y esperaron a que atardeciera para cruzar por el cerro, una zona elevada de la frontera al oeste de Las Chepas, donde los inmigrantes afirman que es menos riesgoso pasar porque los vehículos de la Patrulla Fronteriza no pueden transitar ahí fácilmente.

"Siempre se siente un poco de adrenalina", confesó Benito.

Altar, Arizona

Palomas no es un caso aislado.

A lo largo de la frontera, otros pueblos también se han convertido en corredores de contrabando de inmigrantes indocumentados, según expertos en inmigración.

Altar, ubicado a aproximadamente 60 millas de Sásabe, Ariz., es punto de partida de mexicanos y otros latinoamericanos que tienen la intención de cruzar hacia Estados Unidos ilegalmente.

De ahí, la mayoría se transporta en autobuses pequeños y destartalados hasta la frontera.

Carlos A. Zozaya, el director regional del grupo Beta – la entidad gubernamental mexicana que provee asistencia a inmigrantes – dijo que sus agentes tienen contacto diario con unas 700 personas que pasan por Altar con la intención de emigrar.

Zozaya estima que durante los primeros seis meses del año, unas 200,000 personas han pasado por Altar en ruta a Estados Unidos.

"Les decimos que vayan con ropa cómoda, que utilicen ropa clara por el calor y que no se aparten del grupo", dijo, enfatizando que muchas personas llegan hasta ese punto de su viaje sin entender los riesgos que corren quienes cruzan el desierto de Arizona a pie. "Siempre vale más la vida. Siempre pueden volver a intentar si los agarran".

Agentes de Beta afirman que aunque en algunos casos han tratado de disuadir a mujeres con menores, a quienes consideran especialmente vulnerables, pocas dan marcha atrás.

"En muchos casos, el esposo ya está en Estados Unidos", comentó Felipe Flores, un agente del grupo Beta. "Ya la gente viene con la idea de cruzar, aunque sea a costa de su propia vida".

La misión de los agentes del grupo Beta es de asistir a los viajeros mientras se encuentran en territorio mexicano, no de detenerlos por tratar de cruzar. En ese sentido, su misión es muy diferente de la Patrulla Fronteriza estadounidense.

Con fe

Para muchos, el proceso de emigrar ilegalmente está entrañablemente atado a su fe en Dios. En la vía que comunica a Altar y Sásabe hay varios altares donde aquellas personas que están a punto de cruzar la línea se detienen a rezar y dejar veladoras.

"Nosotros buscamos sostener a la familia", dijo Faustino López, un mexicano de Guanajuato, mientras se escondía del sol en una pequeña tienda a ocho millas de la frontera. "Uno trabaja de 6 (a.m.) a 6 (p.m.) haciendo los trabajos pesados que no quieren hacer los americanos", racionalizó.

elondono@alditax.com


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