Palomas, México – Es una bendición que el sacerdote Abel Retano ofrece
con sentimientos encontrados.
Prácticamente cada domingo, al terminar la misa, mujeres con niños de
brazos se acercan al altar.
"Dicen, écheme la bendición padre, que voy a cruzar al otro lado", narró
Retano durante una reciente entrevista afuera de su parroquia. "Me da
mucha tristeza que piensen que con una bendición van a poder cruzar. Es
la fe de la gente y yo no le puedo negar la bendición a nadie. Si no se
la niego a una prostituta ni a un homosexual, menos se la voy a negar a
un migrante".
Palomas, un pueblo al sur de Columbus, N.M., se ha convertido en un eje
principal de la inmigración ilegal en años recientes, a medida que
iniciativas del gobierno estadounidense han dificultado el cruce ilegal
de bienes y personas a lo largo de zonas urbanas de la frontera.
Esto ha provocado cierto desarrollo económico, pero también ha traído
problemas de criminalidad a los vecinos de lo que algún día fueron
tranquilos enclaves rurales, según habitantes y autoridades.
Prácticamente a cualquier hora del día, la plaza central de Palomas
población también conocida como Rodrigo M. Quevedo, Chihuahua reboza
con docenas de personas que están en busca de un "coyote", o esperando
que salga el próximo autobús a Las Chepas, un caserío a media hora de
Palomas, que se ha convertido en uno de los puntos de partida más
populares entre inmigrantes.
"Hay días que pasan hasta 100 (inmigrantes)", dijo Ángela Ortiz, quien
tiene una pequeña tienda en Las Chepas. "Ya no se soporta".
Durante los últimos 10 años, Palomas ha hecho del contrabando de humanos
su principal industria, un fenómeno que se discute abiertamente, sin
vergüenza ni tapujos.
"De eso vive el pueblo", comentó el Dr. Roberto Gutiérrez, un médico que
atiende la única clínica del pueblo. "Aquí no hay industria".
Pero riqueza, en años recientes, sí.
Por las vías descubiertas del pueblo transitan autos y camionetas
lujosas. Los restaurantes permanecen repletos, y los salones de baile
atraen clientela con luces de neón.
Para un pueblo de su tamaño (con 5,210 habitantes, según el censo del
2000), Palomas tiene una industria hotelera descomunalmente grande:
siete hoteles y casi una docena de casas de huéspedes. Cientos de
personas llegan al pueblo diariamente a bordo de autobuses y camiones
con la única intención de cruzar a Estados Unidos.
Aún así, el constante ir y venir de gente por el pueblo parece
beneficiar sólo a unos cuantos.
"Perjudican mucho, pero no dejan ningunos beneficios", dijo Ricardo
Montoya, presidente seccional de Palomas, una comunidad que pertenece al
municipio de Asunción.
"Las familias ya no pueden ir a pasar un ratito en la plaza porque los
migrantes se amontonan ahí", agregó Montoya, quien lleva 11 años
viviendo en Palomas. "Además dejan mucha basura, mucha cochinada".
En los últimos años, el pueblo ha visto la apertura de tres hoteles y
cinco negocios pequeños restaurantes y unas tiendas que viven de los
inmigrantes. Pero Montoya reitera que la mayoría de las personas que
pasan por Palomas rumbo a Estados Unidos son de escasos recursos, y por
lo tanto, gastan poco dinero en el pueblo.
Cuando Nieves Maloof llegó a Palomas hace 24 años, el pueblo tenía
aproximadamente 3,000 habitantes, una maquiladora y pocos automóviles.
La maquila cerró, el pueblo creció y las únicas industrias que están en
auge en el pueblo son el tráfico de droga y de inmigrantes, dijo.
"La economía del pueblito se nota", dijo Maloof, quien maneja una
ferretería con su marido. "Mi pregunta es: ¿Qué pasa con la generación
de los jóvenes cuando el único trabajo que hay es ilícito?"
La calidad de vida del pueblo también se ha visto afectada. Hace una
década, los niños salían a la calle sin preocupación. Había pocos robos
y poca delincuencia.
"Había más seguridad porque no había el atractivo de pasar tanta gente.
La gente del pueblo nos conocíamos todos", dijo Maloof.
Los que van hacia el Norte
Durante una tarde reciente, un grupo de cinco muchachos y un joven de 15
años abordaron en la plaza central un autobús escolar del año 1981 que
solía pertenecer al distrito escolar de Fort Valley, Ga. El camión ahora
transporta inmigrantes desde el centro de Palomas al punto del desierto
donde comienza el territorio estadounidense.
Venían de Chihuahua. Benito, uno de los hombres, ya había hecho el
recorrido, y estaba sirviendo como guía para los demás. Era la primera
vez que traía a su hermano menor, Lucio, el más pequeño del grupo.
Todos estaban vestidos de negro. Cada uno portaba dos galones de agua,
varias latas de atún y salchichas y una muda de ropa – un bulto
suficientemente liviano para cargar durante las 20 horas que planeaban
caminar.
Cuando los muchachos llegaron a Las Chepas, se bajaron del autobús y
esperaron a que atardeciera para cruzar por el cerro, una zona elevada
de la frontera al oeste de Las Chepas, donde los inmigrantes afirman que
es menos riesgoso pasar porque los vehículos de la Patrulla Fronteriza
no pueden transitar ahí fácilmente.
"Siempre se siente un poco de adrenalina", confesó Benito.
Palomas no es un caso aislado.
A lo largo de la frontera, otros pueblos también se han convertido en
corredores de contrabando de inmigrantes indocumentados, según expertos
en inmigración.
Altar, ubicado a aproximadamente 60 millas de Sásabe, Ariz., es punto de
partida de mexicanos y otros latinoamericanos que tienen la intención de
cruzar hacia Estados Unidos ilegalmente.
De ahí, la mayoría se transporta en autobuses pequeños y destartalados
hasta la frontera.
Carlos A. Zozaya, el director regional del grupo Beta – la entidad
gubernamental mexicana que provee asistencia a inmigrantes – dijo que
sus agentes tienen contacto diario con unas 700 personas que pasan por
Altar con la intención de emigrar.
Zozaya estima que durante los primeros seis meses del año, unas 200,000
personas han pasado por Altar en ruta a Estados Unidos.
"Les decimos que vayan con ropa cómoda, que utilicen ropa clara por el
calor y que no se aparten del grupo", dijo, enfatizando que muchas
personas llegan hasta ese punto de su viaje sin entender los riesgos que
corren quienes cruzan el desierto de Arizona a pie. "Siempre vale más la
vida. Siempre pueden volver a intentar si los agarran".
Agentes de Beta afirman que aunque en algunos casos han tratado de
disuadir a mujeres con menores, a quienes consideran especialmente
vulnerables, pocas dan marcha atrás.
"En muchos casos, el esposo ya está en Estados Unidos", comentó Felipe
Flores, un agente del grupo Beta. "Ya la gente viene con la idea de
cruzar, aunque sea a costa de su propia vida".
La misión de los agentes del grupo Beta es de asistir a los viajeros
mientras se encuentran en territorio mexicano, no de detenerlos por
tratar de cruzar. En ese sentido, su misión es muy diferente de la
Patrulla Fronteriza estadounidense.
Para muchos, el proceso de emigrar ilegalmente está entrañablemente
atado a su fe en Dios. En la vía que comunica a Altar y Sásabe hay
varios altares donde aquellas personas que están a punto de cruzar la
línea se detienen a rezar y dejar veladoras.
"Nosotros buscamos sostener a la familia", dijo Faustino López, un
mexicano de Guanajuato, mientras se escondía del sol en una pequeña
tienda a ocho millas de la frontera. "Uno trabaja de 6 (a.m.) a 6 (p.m.)
haciendo los trabajos pesados que no quieren hacer los americanos",
racionalizó.
elondono@alditax.com