Chihuahua, México – Un día después de que Neyra Azucena Cervantes
desapareciera en mayo pasado, sus familiares frenéticamente se dirigieron
a Miguel David Mesa Arqueta por ayuda. Para una familia desesperada, su
pariente parecía la opción adecuada.
Tan pronto como Miguel llegó de su estado natal de Chiapas, se puso a
trabajar en atraer la atención pública hacia el caso.
Organizó a las familias de otras mujeres desaparecidas para tomar las
casetas de peaje de las carreteras y detener el tráfico, en un acto de
desobediencia civil, como aquellos que él había orquestado como
activista por los derechos de los inmigrantes en Los Ángeles. Arremetió
contra el fiscal general del estado, acusándolo de administrar una
agencia "llena de policías corruptos e incompetentes".
Lo que Miguel Mesa dijo en aquella ocasión pareció vaticinar lo que le
esperaba: el 14 de julio, poco después de que descubrieron los restos de
Neyra Cervantes, fue citado al cuartel general de la policía. Ahí, dice,
fue torturado por 12 horas y obligado a confesar su culpabilidad en el
asesinato de Neyra, quien tenía 19 años cuando desapareció.
Actualmente, Miguel permanece en la cárcel donde proclama su inocencia
apoyado por la familia de la víctima.
"Necesitaban un chivo expiatorio adecuado", dijo Mesa en una entrevista
desde la prisión estatal de la Ciudad de Chihuahua. "Y necesitaban
callarme. Nunca se trató de encontrar justicia para Neyra".
Mesa es uno de las cientos de personas encarceladas en conexión con las
muertes de cientos de mujeres en el estado fronterizo de Chihuahua.
Un sistema anticuado
"México sigue atrasado cuando se trata de justicia", dice Oscar Maynes, ex
jefe del departamento estatal forense, quien renunció como protesta por
las órdenes que recibió para supuestamente plantar evidencia en los casos
de asesinatos de mujeres. "Aquí la justicia significa resolver un crimen
lo más pronto posible, regularmente a través de la tortura, sin una simple
evidencia o atención por las víctimas".
Un funcionario de la procuraduría estatal, René Medrano, insistió que
Mesa era culpable, señalando su confesión. Calificó las afirmaciones de
tortura como "historias típicas, mentiras, para ponernos una carga".
Medrano describe como "ingenuos" los reclamos de la familia Cervantes en
el sentido de que la investigación se había manejado mal.
Según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, más de 4,587 mujeres
han sido reportadas oficialmente como desaparecidas desde 1993 en Ciudad
Juárez y en Chihuahua, la capital del estado a 260 millas al sur.
Muchas de las mujeres desaparecidas probablemente se mudaron a otros
lugares, dicen las autoridades, pero se ha confirmado que 272 mujeres
fueron asesinadas, y al menos 98 de ellas fueron víctimas de lo que las
autoridades llaman rituales de tortura sexual. Pocas personas han sido
acusadas formalmente de los asesinatos. Sólo un hombre ha sido condenado
de un asesinato- y ese caso está en proceso de apelación.
Parte del problema, dicen los críticos, es que México sigue operando
bajo un sistema napoleónico donde los sospechosos son considerados
culpables hasta que se demuestre lo contrario. Por otra parte,
autoridades policiales, jueces y políticos generalmente están por encima
de la ley.
A través de la tortura, dicen los grupos defensores de los derechos
humanos, las autoridades han encontrado convenientes chivos expiatorios,
convirtiendo a personas inocentes en monstruos, muchas veces a través de
confesiones descabelladas, aún cuando las pruebas son escandalosas o
falsas.
Según las confesiones, Mesa se encontraba de visita en la ciudad de
Chihuahua cuando se obsesionó con Neyra Cervantes, quien no había
mostrado interés por él. Desesperado, contrató a dos hombres, ambos
indios tarahumaras a quienes les dio 700 dólares por persona para que
siguieran y secuestraran a Cervantes. Luego de que la secuestraron, él
regresó de Chiapas, conduciéndola hasta un lugar remoto donde la violó y
le disparó cuando ella amenazó con denunciarlo. Dejó su cuerpo a merced
de los coyotes y de los perros callejeros, indica el testimonio.
En una entrevista Mesa dijo que la confesión era pura fantasía,
agregando que la misma fue redactada al menos en tres diferentes
versiones antes de que lo forzaran a firmarla.
Los funcionarios estatales defienden sus investigaciones. Medrano,
vocero del procurador estatal, José Jesús Silva, aceptó que la policía
no tenía pruebas directas en las que se vinculara a Mesa con el
asesinato de Cervantes, pero dice que "su lenguaje corporal,
comportamiento y actitud se hicieron muy agitados y agresivos. Parecía
sospechoso".
"Somos como boxeadores", dice Medrano. "Incluso cuando ganamos por
knockout nos cuestionan y ponen en duda. Nunca podemos ganar, incluso
cuando encontramos al verdadero asesino, como Miguel David Mesa Arqueta".
Bajo la lupa
Informes de las Naciones Unidas, Amnistía Internacional y la Comisión de
Derechos Humanos de México, han acusado a la policía local y estatal de
Chihuahua de seguir usando la tortura, colocando a este estado entre los
peores del país.
De los más de 100 sospechosos en custodia relacionados con la muerte de
mujeres con violencia sexual, 89 de ellos fueron torturados, según el
informe de la Comisión de Derechos Humanos.
"¿Es la policía así de corrupta e incompetente, o están ocultando
algo?", preguntó Irene Kahn, secretaria general de Amnistía
Internacional durante una entrevista telefónica. "En la historia de
Amnistía Internacional, nunca habíamos visto la misma dinámica de
Chihuahua, donde las familias de víctimas y acusados se han unido en su
demanda de justicia".
El caso de Neyra Azucena Cervantes y Miguel David Mesa Arqueta se
destaca no por la pérdida de un ser amado, sino también por el
encarcelamiento de un familiar acusado.
Esta historia se inició en febrero pasado cuando Mesa, preocupado por el
agravamiento de la diabetes de su madre, decidió regresar de California
a su terruño para cuidarla. Manejó su camioneta Chevy de 1987 hasta el
estado de Chihuahua para legalizar el vehículo en la garita fronteriza,
dice Mesa.
Había vivido siete años en Los Ángeles, donde terminó la preparatoria y
trabajaba en la construcción. Había anticipado encontrar un nuevo país,
uno más democrático. Era, después de todo, el México de Vicente Fox.
Fox, quien ganó la presidencia en el año 2000, había prometido hacer de
México un país donde gobernara el estado de derecho.
Mesa decidió detenerse en la ciudad de Chihuahua para visitar a sus
parientes, entre ellos a la señora Patricia Cervantes y a sus dos hijas,
Neyra Azucena y Alejandra.
Mesa había desarrollado lo que describe una "amistad en sus inicios" con
Neyra Cervantes.
Los dos, dice Miguel, habían sentido atracción mutua. Ella había hecho
planes para visitarlo en Chiapas en el verano con su familia. En los
siguientes tres meses ambos intercambiaron varios correos electrónicos.
Neyra tenía muchos amigos y admiradores, "era muy vivaz", dice Wendy,
una amiga de la víctima quien pidió que no se revelara su nombre
completo. "Llena de vida y sueños".
El 14 de mayo, luego de asistir a sus clases de computación en la
escuela técnica ECCO, Neyra salió a tomar un camión para regresar a su
casa. Testigos dicen que la vieron caminando por un mercado cercano y
saludando a amigos. Pero la joven nunca llegó a casa.
Para las 9 p.m. su mamá empezó a preocuparse. Neyra regularmente la
llamaba por teléfono si pensaba llegar tarde.
A medida que pasaban las horas, la señora empezó a pensar sobre las
tenebrosas historias de Juárez y temió lo peor.
A la 1 a.m. la familia llamó a la policía, la cual le dijo que
necesitaban esperar 72 horas antes de empezar una investigación. Para
las 7 a.m., la familia Cervantes movilizó a amigos, familiares y
agencias no gubernamentales. Un día después, se le avisó a Miguel sobre
la desaparición de su amiga.
En Chiapas, Mesa acababa de empezar un trabajo, dirigiendo a una
cuadrilla de trabajadores en la colocación de postes para el tendido
eléctrico. ¿Podía ayudar en algo? Sí, se dijo, y al día siguiente tomó
un vuelo para la ciudad de Chihuahua. Su tío lo recogió en el
aeropuerto. Inmediatamente, comenzaron a solicitar, puerta por puerta,
la ayuda de los vecinos.
Patricia Cervantes había dicho que desde que Miguel llegó de Chiapas
siempre la apoyó, transportándola por la ciudad y ofreciéndole ayuda.
"Me trajo una chispa importante", expresa la señora Patricia. "Nos ayudó
a organizarnos, nos trajo fe y esperanza y nos enseñó cómo enfrentar al
gobierno".
Posteriormente la policía dijo que su hija había sido asesinada
probablemente el 21 de mayo. La señora Patricia dice que Mesa estuvo con
ella todo el tiempo. "El no tiene nada que ver con la desaparición de
Neyra", dice. "Estoy segura de eso".
Dos meses después, cuando la policía dijo que había recuperado el cuerpo
de Neyra, la familia tomó la noticia con incredulidad.
Patricia exigió un examen de ADN, y a pesar de que los resultados de los
exámenes estatales y federales indicaron que los restos eran los de su
hija, Patricia dice que continuaron sus dudas.
Siempre se preguntó por qué nunca habían interrogado a otros amigos y
conocidos de su hija.
Arrestado y torturado
La noche de su arresto, Mesa fue llevado en la parte trasera de una van de
la policía supuestamente para colaborar con los investigadores. Su tío fue
llevado en otra van. Miguel dice que pensó que la situación era extraña.
No tardó mucho para que ambos fueran tratados como criminales. Cuando se
bajó de la van, enfrente del cuartel de la policía, dice que vio a una
fila de agentes fornidos con rifles de alto poder. Los dos hombres fueron
metidos en cuartos separados.
"Tenemos noticias para ustedes", recuerda Miguel que le dijo un oficial.
"Un familiar mató a Neyra, y fuiste tú o tu tío".
Miguel rechazó los cargos. Después vino el ultimátum: o bien confesaba,
o le echarían la culpa a su tío. Dudó. Después fue desnudado y golpeado
en el estómago, abofeteado y pateado en la ingle, dice Miguel.
Después, los investigadores le pusieron una bolsa de plástico en la
cabeza por un minuto, enseguida la retiraron para meterle la cabeza en
agua. Pasó otro minuto, quizá dos, dice, mientras recreaba una
experiencia dolorosa de cuando estuvo a punto de ahogarse en un río en
su infancia.
Mientras le gritaban, dice, la policía vertió una mezcla de chile picoso
y agua mineral por sus fosas nasales.
"No podía respirar", recuerda. "Estaba convencido de que iban a matarme".
Hablaron de parar la tortura, dice, le mostraron un papel: "firma aquí y
nos detenemos".
Miguel se negó. En consecuencia, la rutina continuaría tres, cuatro,
cinco veces", dice Miguel.
Finalmente, les dijo que se quería morir. "Mátenme", les pidió. La
policía le ordenó que se parara. El agente con la bolsa de plástico se
le aproximó. Enseguida, un pensamiento pasó por su cabeza: "Si muero, lo
harán ver como un suicidio".
Miguel les dijo que se detuvieran, después le trajeron varios
documentos, escenarios, confesiones, dice. "En ese momento ya no me
importaba", explicando que ni siquiera sabía lo que había en la
confesión. "Sólo quería ver la luz del sol, salir vivo y continuar
peleando por Neyra. La confesión es una mentira".
Funcionarios estatales se negaron a hablar sobre la interrogación. Dos
policías identificados por los abogados de Mesa como los que llevaron a
cabo la interrogación se negaron a revelar sus nombres, pero uno de
ellos dijo: "No hubo tortura. Todo se hizo según los procedimientos
legales".
Hoy en día, los familiares de la víctima y el acusado batallan emocional
y económicamente contra la encarcelación de Mesa. Su madre, Carmen
Arqueta, dejó a otro hijo e hija en Chiapas y ahora vive cerca de su
hermano Jesús y Patricia Cervantes, en una casa prestada. La pequeña
vivienda está llena con autos procesales, testimonios legales, cartas de
apoyo que han llegado de diferentes partes del mundo, y recortes de
periódicos.
Por las noches, la señora Arqueta se queda dormida en su cama leyendo
los documentos judiciales.
Las familias Arqueta y Cervantes emprendieron una estrategia de defensa
en equipo, en la cual parientes que viven en lugares tan lejanos como
España han pasado semanas en la ciudad de Chihuahua presionando para que
Miguel sea liberado y para encontrar, dicen, al verdadero asesino o
asesinos de Neyra.
Pero el tiempo y dinero se está agotando. Hasta ahora la señora Arqueta
ha vendido un terreno de cuatro acres en Chiapas, además de sus animales
de corral para financiar su lucha y para el pago de dos abogados. Su
sobrino, José Arqueta vendió su taxi y espera trabajar ilegalmente en
Los Ángeles.
"Este caso nos ha destruido moral y económicamente", dice José Arqueta.
"No se ve una salida. Es increíble".
Por su parte, Arqueta habla con otras personas cuyos familiares han sido
acusados del asesinato de mujeres. El mes pasado, Arqueta viajó a la
Ciudad de México y junto con otras madres de jóvenes muertas y
desaparecidas, se reunió con el presidente Fox en Los Pinos. Arqueta
dice que tiene sentimientos encontrados respecto al presidente. "La
noche en que Fox ganó las elecciones", dice, "recuerdo haber llorado de
la felicidad y haber llamado a mi hijo para compartir las buenas
noticias. Ahora lloro de decepción y de cólera".
Arqueta está resignada a sostener una lucha prolongada, pero está
decidida en continuarla. "Probablemente, perderé todo lo que poseo, pero
traeré a mi hijo de regreso".
"Su único error fue haber pensado que él seguía viviendo en Estados
Unidos".
acorchado@dallasnews.com
Corchado escribe para The Dallas Morning News.