Newt Gingrich y la política del bien
RUBÉN NAVARRETTE JR./OPINIÓN | 12/3/2011, 11:39 a.m.
Ahora que los puristas tanto de derecha como de izquierda atacan la sensata propuesta migratoria de Newt Gingrich, alguien debe defender al ex presidente de la Cámara de Representates.
Me complace hacerlo. La perfección no puede ser enemiga del bien. Lo que propone Gingrich no es perfecto, pero es bastante bueno. Quiere crear lo que denomina como "un camino a la legalidad" para individuos con fuertes lazos en este país, a fin de no separar a las familias. Los indocumentados podrían recibir permisos de trabajo para poder quedarse y mantener sus familias intactas. Ya no serían cazados por gente en busca de notoriedad, como el sheriff Joe Arpaio del condado de Maricopa, Ariz., ni barridos por la máquina de deportación del gobierno de Obama.
Pero hay un problema. Los indocumentados no obtendrían la ciudadanía. Podrían aún convertirse en ciudadanos, pero tendrían que volver a su país de origen, reingresar legalmente y pasar por los canales apropiados para ser naturalizados. La propuesta podría funcionar. La ciudadanía, y el derecho al voto que viene con ella, siempre ha sido menos importante para los inmigrantes que para los demócratas, a quienes se les hace agua la boca pensando en los millones de nuevos electores que guardarían rencor contra los republicanos. He hablado con muchos indocumentados, y lo que quieren es trabajar y mantener a sus familias sin que se les hostigue. La mayoría no tiene un ferviente deseo de entrar en una cabina electoral y escoger el menor de dos males.
Para los de derecha, un plan con permiso de trabajo es igual a una "amnistía". Para los de izquierda, una fórmula para crear habitantes de segunda clase.
En realidad, no es ninguna de las dos cosas. Lo que Gingrich propone – es decir, la "solución de la tarjeta roja" creada por la Vernon K. Foundation, con sede en Denver, según la cual los inmigrantes ilegales obtendrían tarjetas rojas que indicarían que tienen derecho legal a trabajar – sería, sin duda, un adelanto con respecto a lo que tenemos ahora.
Además, dada la naturaleza insustancial de nuestra política, debería reconocerse el mérito de un candidato que es audaz como para proponer una idea y apoyarla. La mayoría de los candidatos la juegan segura y sólo critican las propuestas de los demás, mientras le dicen al público lo que éste desea oír. No es así como actúa Newt.
La derecha necesita crecer. No es suficiente repetir la palabra "amnistía" 10 veces al día para interrumpir el debate sobre inmigración. Debemos oír soluciones e ideas reales, y los que no pueden ofrecer ninguna de las dos cosas deben salirse del camino. Si la solución de la tarjeta roja no es la adecuada, entonces, ¿qué propondría Romney, o cualquier otro crítico de Gingrich, que hagamos con los 11 millones de indocumentados? Nunca nos lo dicen.
La izquierda también necesita crecer. Los liberales desprecian la solución a medias de Gingrich e insisten en que no es suficiente. Pero se deshacen en elogios con la nimias promesas de Obama. El presidente promete una reforma, mientras la secretaria de Seguridad Nacional, Janet Napolitano, promete a todos los demás una política de deportación "muy robusta".
Ambos bandos tienen opiniones fuertes sobre lo que debe ocurrir en un mundo perfecto. La derecha piensa que millones de indocumentados se irán voluntariamente si somos mezquinos con ellos y la izquierda piensa que todos se pueden quedar, convertirse en ciudadanos.
Para los extremos, esos son resultados perfectos. Pero son sólo espejismos. Eso nunca ocurrirá.
Lo que Newt Gingrich ha propuesto probablemente no funcionaría en un mundo perfecto. Pero sí podría ser tremendamente útil en el mundo real.
Rubén Navarrette Jr. es periodista independiente y comentarista de televisión.
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