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'A Separation', filme brutal y cotidiano

Leila Hatami (Simin) y Peyman Maadi (Nader) argumentan ante el juez en “A Separation”. | SONY PICTURES

JUAN F. JARAMILLO/AL DÍA | 2/3/2012, 4:17 p.m.

A SEPARATION

★★★★

Director: Asghar Farhadi

Elenco: Peyman Maadi , Leila Hatami y Sareh Bayat

Duración: 123 minutos

Asghar Farhadi construye una película de suspenso brutal a partir de lo cotidiano en Jodaeiye Nader az Simin traducida al inglés como A separation.

En esta película iraní, nominada al Oscar a mejor filme extranjero, nada es gratuito. Cada toma y cada diálogo tiene un significado en una historia que se centra en una familia a punto de resquebrajarse. La primera escena muestra a Nader (Peyman Maadi) y Simin (Leila Hatami) presentando sus argumentos ante el juez. Ella quiere el divorcio y él no. Ella quiere salir del país para buscar una mejor vida para su hija, y él prefiere quedarse y cuidar de su padre que padece Alzheimer.

Nader y Simin se dirigen al juez, pero en realidad lo hacen a la audiencia.

Esta secuencia presenta a los personajes en primer plano. La pareja aún parece amarse, pero la cotidianidad parece distanciarlos. Durante el filme, casi nunca se miran a los ojos.

Farhadi utiliza un estilo cuasidocumental, heredero de la nueva ola francesa, concretamente de Maurice Pialat y Eric Rohmer. No necesita recurrir a la música para forzar el sentimentalismo.

Simin (Leila Hatami) se va de la casa y su esposo Nader (Peyman Maadi) se queda con la hija Termeh (Sarina Farhadi ) y debe buscar alguien que cuide del abuelo. Esta decisión tiene consecuencias insospechadas.

La mujer encargada de cuidar al anciano, Razieh (Sareh Bayat), tiene su propio predicamento: está embarazada, debe viajar por dos horas para llegar a la casa de Nader y debe acompañarla su hija Somayeh. Además Razieh es una mujer religiosa y conflictuada por tener que comunicarse con el varón de la casa.

En una escena llama a un asesor religioso para saber si es pecado cambiarle la ropa al anciano que debe cuidar. “No se lo contaré a papá”, dice la niña.

Sin elaborar mucho más en la trama, Razieh debe abandonar al viejo por unas horas y Nader descubre a su padre atado en la cama. La furia de Nader termina con el despido de la mujer, acusaciones de robo y un empujón. Después, Nader, que afirma desconocer del embarazo de Razieh, se entera que ella ha perdido al niño y por ello es acusado de asesinato, pues un neonato, según la ley iraní, es considerado una persona con todos sus derechos.

El orgullo, la diferencia de clases, la religión, la compasión y la lealtad son los temas que nutren a este conflicto entre estas familias. Una situación que podría ser fácilmente replicable en América Latina.

Farhadi nunca cae en el melodrama y nunca es maniqueo con sus personajes, que muestran dignidad en todo momento sin caer en extremos obvios. El cineasta explora las áreas grises de este conflicto en el que nunca va a haber un ganador.

Mientras, la relación de Simin y Nader se sigue distanciando y la hija de ellos, Termeh, muestra más sabiduría que sus padres. Son actuaciones magistrales, sin un ápice de exageración y que nunca pierden la naturalidad. Mike Leigh, el gran cineasta inglés, de filmes como Secrets and Lies, se pondría verde de envidia con este elenco actoral.

Hatami, con un no se qué de Isabella Rosellini, muestra convicción para desenvolverse en una sociedad compleja. Maadi interpreta a un Nader, que se refugia en su orgullo y su verdad. Al lado opuesto está Hodjat (Shahab Hosseini), desempleado y sumamente volátil, junto a su esposa Razieh, indignada por ser acusada de robo.

Una película como esta deja en evidencia las limitaciones de Hollywood. De lejos, la mejor película del 2011.

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