Cuando una persona llama a mi consultorio y pide una cita, lo hace porque está sufriendo. Aunque en apariencia no siempre sea así, ya que hay quien consulta porque le han aconsejado una terapia prematrimonial o como preparación prequirúrgica, sin embargo, la persona que decide pedir un turno con el sicólogo es alguien que siente algún dolor o malestar y percibe que la consulta lo ayudará.
Muchas veces la presentación ante el profesional toma la forma de una queja muy específica: "Me duele la cabeza y mi doctor me dice que no tengo nada", es un ejemplo de ello. Hay muchos otros: "Todas mis relaciones terminan en un fracaso"; "Me siento ansioso"; "Mi esposa y yo discutimos de manera constante"; "No hay trabajo que me dure"; "Me siento siempre enojado", "Estoy siempre enferma", etc.
Hay quienes piensan que haciendo desaparecer el síntoma se eliminará el problema. Es así como algunas personas bien intencionadas (amigos, padres, profesionales de la salud) le propondrán al que sufre diferentes estrategias para liberarse del dolor síquico. A veces se recurre al alcohol o las drogas en busca de un alivio que no se produce o es sólo temporal. Otras veces se intentará un cambio en la conducta (a través de diversas técnicas cuyo objetivo, una vez más, será el de producir la desaparición del síntoma) que podrá ser exitoso, pero que si no incluye algún tipo de transformación más profunda será reemplazado casi seguramente por otro síntoma.
Estas quejas, a las que llamamos "síntomas", son semejantes al malestar físico que nos lleva a buscar el diagnóstico médico cuando tenemos una fiebre alta o sentimos un dolor agudo.
En el caso del síntoma físico, seguramente no estaríamos dispuestos a aceptar que el doctor nos indicara un analgésico (en especial si la fiebre o el dolor continúan o uno se siente empeorar) y nos mandara de regreso a casa. Sabemos que la fiebre es una señal (síntoma) de un proceso patológico (¿una enfermedad tal vez?) y exigiremos una investigación que apunte a las causas de la fiebre o del dolor. El síntoma (fiebre, dolor) no es la enfermedad, tampoco lo es la ansiedad, la timidez o la inhibición sexual.
Así como ocurre con los llamados "síntomas físicos", cuando se trata de un síntoma sicológico, es importante entender que lo que nos hace sufrir no es solamente lo que aparenta ser (depresión, enojo, timidez, ansiedad) sino que estos sufrimientos son una señal de algo que permanece encubierto, algo que desconocemos pero que es necesario identificar y explorar para que el tratamiento sea efectivo.
Es oportuno aquí hacer una observación: a medida que la ciencia progresa descubrimos que la "línea" que separa lo puramente físico de lo sicológico se hace cada vez más tenue, es bien conocido el hecho de que las emociones afectan la salud y que ésta, a su vez, tiene un efecto decisivo sobre el estado de ánimo.
Es útil tomarse el tiempo necesario para comprender que el síntoma tiene un significado que va mas allá de lo que aparece como evidente.
Y recalco lo de "tomarse el tiempo necesario", porque estas búsquedas de los orígenes del dolor no pueden ser tan breves como a veces se reclama desde la impaciencia y la desesperación. Del mismo modo como una herida necesita un tiempo para cicatrizar, aquí también se trata de heridas psíquicas, que una vez localizadas, requieren un proceso que lleve a su curación.
Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.