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Expresarse en libertad

02:18 PM CDT on Tuesday, August 5, 2008

REFLEXIONES

Quizás les sorprenda el título de esta reflexión. No es la mía una columna política y les aseguro que mi intención se limita al ámbito de los fenómenos psicológicos.

Mi deseo es compartir con ustedes ciertas vivencias que tienen como denominador común la falta de un entorno de libertad.

Tengo grabado en mi memoria el relato de una joven que describía una situación familiar habitual en su niñez.

La imagen, relatada entre sollozos y suspiros, era la de una niñita muy asustada que deseaba transformarse en un ser invisible cada vez que sus padres discutían.

Su terror era tal que no se animaba a moverse y la forzaba a convertirse en un testigo mudo y desesperado de gritos, empujones y llantos.

A veces las peleas ocurrían en medio de la noche, y era imposible ignorarlas a pesar de las puertas cerradas, porque los gritos atravesaban las inútiles paredes que separaban su habitación de la de los padres.

Con el tiempo la joven aprendió a "desaparecer" ante cualquier tipo de conflicto, es decir, aprendió el arte de hacerse invisible acallando sus sentimientos y adormeciendo su pensar.

Esto le acarreó muchos inconvenientes en sus relaciones interpersonales, ya que no se animaba a expresar sus opiniones por el temor a una posible reacción de enojo.

Recuerdo también un niño que fue traído a mi consulta con un diagnóstico de "enuresis" (mojar la cama).

Era un muchachito muy prolijo y servicial y sumamente formal.

La mamá decía que era un niño "perfecto" y el único problema era su enuresis.

Profundizando en la historia familiar entendí que la expresión emocional no estaba permitida en este hogar.

Se esperaba que los niños se portaran bien y las quejas o demandas eran mal recibidas.

Este niño aprendió a no decir nada que pudiera molestar a los adultos.

Pero de noche, cuando la censura consciente se aflojaba, se le "escapaba" su enojo y su descontento, encontrando expresión a través del síntoma físico de orinarse.

Tanto en lo personal como en lo profesional, la experiencia me indica que las personas que han vivido en un ambiente de amor y comprensión logran, a través de los vínculos de confianza así formados, establecer una seguridad interna que es condición necesaria para la libre expresión de sentimientos y emociones.

A veces los padres se asustan cuando su hijito les dice "No te quiero más".

En realidad estas palabras no deben tomarse literalmente, probablemente signifiquen "Ahora estoy enojado contigo" pero también "Sé que no te enojarás y puedo confiar en el amor que me tienes".

Es cierto que con el tiempo todos aprendemos, mejor o peor, a modular nuestras emociones, para lograr transmitir lo que sentimos o necesitamos sin lastimar a los demás.

Pero cuando se coarta la posibilidad de expresión, particularmente en la infancia y adolescencia, se restringe también la capacidad para identificar y comprender los sentimientos propios, y esa dificultad limita a su vez la capacidad para comprender los sentimientos de los demás.

Estas situaciones se ponen en evidencia en mi trabajo con parejas.

En las sesiones de pareja se escuchan con frecuencia estos argumentos: "No le digo que esto o lo otro me molesta porque ella se enoja" o "No le cuento que usé este dinero para evitar peleas".

De esta manera se establece un modo de relación basado en el ocultamiento de información y la comunicación se empobrece.

El origen de estos problemas de comunicación puede rastrearse hasta los primeros meses de vida.

La observación de la díada mamá-bebé ha descubierto que debe existir una delicada "coreografía" entre los primeros sonidos que emite el bebé (al principio serán llanto, gorjeo, gritos) y la capacidad de interpretación y "traducción" que está a disposición de la mamá del niño.

Si esta comunicación primaria es exitosa, si la mamá aprende a dar significado a los "sonidos" del bebé, la interacción comenzará a tener fluidez y ambos se sentirán satisfechos y en consonancia.

Si la mamá no logra, por depresión o por otros problemas, establecer ese vínculo de significación, entonces la relación se hará más difícil.

Es así como muchos niños aprenden a complacer en forma sistemática a sus padres (y más tarde a sus esposas/esposos) para evitar el malestar de la incomprensión.

No complacerlos abriría una necesidad de diálogo y comunicación tendiente a buscar el acuerdo.

Y es justamente ese diálogo y esa comunicación los que no se han instalado apropiadamente, y apelar a ellos sería reconocer un fracaso, aceptar la existencia de un cortocircuito doloroso.

Weisz es psicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al

972-248-8416.

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