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La elocuencia del silencio

11:13 AM CST on Thursday, January 10, 2008

REFLEXIONES/ROSALINDA WEISZ

Un fenómeno particular de nuestra cultura, originado sin duda en la explosión tecnológica, es el hecho de que estamos constantemente expuestos a estímulos visuales y auditivos. En relación a estos últimos, quisiera aquí enfocar nuestra atención sobre el tema del silencio.

En nuestra vida cotidiana existen infinidad de situaciones en las que se puede observar cómo la mayor parte de las personas evita el silencio. Mi amiga, que vive sola, prende el televisor ni bien llega a su casa y así se siente acompañada, aunque no preste atención alguna a la programación. Otras personas prenden automáticamente la radio cuando manejan y escuchan música mientras trabajan.

Hay "música de fondo" en los ascensores y sucede que en algunos lugares de comida el ruido es tan intenso, que es imposible mantener una conversación fluida.

Es ilustrativa la anécdota de un profesor de la universidad que entra en su clase sin decir palabra y se sienta detrás de su escritorio, simplemente observando a sus alumnos en silencio. Es interesante el efecto inmediato que esto produce. El profesor no dice nada por varios minutos, y la clase lo siente como una eternidad...

Los alumnos comienzan a mirarse unos a otros, algunos se sonríen, otros se sienten agitados e incómodos. ¿Qué es lo que provoca esta turbación?, ¿por qué el sonido la apacigua?

El silencio nos obliga a volver la atención sobre nosotros mismos. Ante la inesperada situación que les presenta el profesor quizás algunos alumnos se sientan inseguros por no poder anticipar lo que va a suceder. Más aún, quizás otros teman ser juzgados mal o anticipen consecuencias desfavorables. Se podría decir que, en este caso, la presencia callada del profesor crea una especie de pantalla sobre la cual se proyectan los contenidos mentales de los presentes. Cuando el profesor comience a hablar, su voz, las palabras que pronuncie y la información que ellas acarreen permitirán disipar los fantasmas proyectados en la pantalla y ofrecerán la oportunidad de salirse de sí mismos y verificar que la situación real se transforma en una experiencia familiar.

En otras circunstancias, como en las relaciones de pareja, el oportuno manejo del silencio abrirá las puertas del conocimiento mutuo. En el marco de las personas que comienzan una relación, por ejemplo, es frecuente que la ansiedad por conocer al otro se transforme en un impulso inquisitorio. El torrente de preguntas impide, paradójicamente, dar espacio a las respuestas reveladoras. Por lo general esta actitud se origina en una inseguridad propia, como si la verborragia sirviera de cortina que nos oculta del interlocutor. Por otra parte, todas las personas que participan de una relación estable, ya sea una relación romántica o de trabajo, saben que el silencio puede ser un vehículo poderoso de comunicación. El silencio puede expresar compasión, simpatía o rechazo, interés o indiferencia, puede tranquilizar o agobiar, pero nunca es "mudo". El silencio, aunque puede ser visto como lo opuesto al lenguaje, es también comunicación.

Sartre, el conocido filósofo francés, ha dicho que la palabra pronunciada es sagrada para quien la pronuncia y mágica para quien la escucha. La palabra es sagrada porque da nombre a la realidad y, en cierto modo, nombrándola, la abarca y la domina. Mágica, porque ejerce una transformación sobre el oyente.

Debemos ser conscientes del efecto que las palabras y el silencio producen, tanto en nosotros como en los demás.

Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.

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