Todos los padres queremos lo mejor para nuestros hijos. Esta afirmación, tan obvia, se presta a cuestionamientos cuando deriva en actitudes extremas que, en muchas familias, transforman a los hijos en personas inseguras, tímidas y dependientes.
Algunos padres desarrollan un estilo de crianza ansioso y limitador, que se pone en evidencia en la escuela, en el parque, en el hogar y en las relaciones sociales en general.
Todos hemos observado alguna vez madres que no permiten que los hijos trepen sin ayuda o que se columpien con fuerza, o aquellas que corren preocupadas ante el menor rasguño. También conocemos madres y padres que prefieren hacer la tarea que deberían hacer sus niños, para evitar una "mala nota" o la llamada de atención del maestro. O aquellos que no permiten que sus hijos pasen la noche con amigos o vecinos por temor a que "les pase algo".
Hay mamás que llevan a sus hijos al parque, pero que no pueden separarse de ellos, atentas a cualquier señal que les indique que el niño pueda necesitarlas. Esta manera de comportarse coarta el desarrollo del niño, de su capacidad para tolerar frustraciones y para manejar dificultades tanto en el ámbito físico como intelectual y social.
La sobreprotección es, paradójicamente, una forma de abandono, porque se pierde de vista al niño como persona con necesidades propias, no se le reconoce su capacidad de dominio del ambiente, de maduración, de desarrollo. Cuando esta situación ocurre, el niño se ve reducido a una pantalla en la que se proyectan las ansiedades y temores de sus padres.
Esta conducta de los padres puede deberse a circunstancias o sentimientos diversos:
A veces la sobreprotección tiene una función compensatoria por sentimientos de culpa o por haber rechazado el embarazo en un comienzo.
Otras veces la culpa se origina en la conciencia de haber cometido errores y en el deseo de compensar por aquello que la vida no le ha dado al niño.
Hay situaciones en las que, en un intento de compensar por la falta de amor conyugal, una mamá o un papá vuelcan sus atenciones hacia el hijo provocando aun más desequilibrio en la pareja y afectando negativamente el desarrollo emocional del niño. De esta manera muchas veces el niño aprende a manipular su entorno con sus caprichos.
En algunos casos, detrás de este aparente cuidado extremo, se esconde la necesidad inconsciente de retener a los hijos e infantilizarlos para que siempre necesiten del consejo y la presencia de sus padres.
Hay padres hostiles y agresivos que necesitan tener hijos "inválidos" a quienes cuidar, o aquellos que son autoritarios y establecen vínculos de sumisión. Sobre los efectos de la sobreprotección, podría hacerse la siguiente reflexión:
La vida implica desafíos, fracasos, ensayos y errores. Cuando no se le permite al niño equivocarse y sufrir la consecuencia de sus errores, este pierde la oportunidad de aprender a partir de su propia conducta. Será una persona que no aceptará "que las cosas no salgan como él quiere" y se verá limitada su capacidad para tolerar las frustraciones.
Con frecuencia la sobreprotección da origen a una confusión entre lo que está bien y lo que está mal, y el individuo crece con la convicción de que "es bueno lo que me hace sentir bien" y "es malo cualquier frustración".
Es frecuente que estos niños se tornen ansiosos y temerosos, inseguros y egocéntricos.
Esto ocurre con mayor frecuencia cuanto más extrema es la necesidad de sobreprotección de los padres.
La educación de los hijos no es fácil, no hay recetas ni caminos marcados. Todos sabemos que es importante darle al niño un espacio de independencia cada vez mayor, a medida que va madurando. La dificultad reside en saber cuándo y de qué manera ir permitiendo que la libertad se vaya ensayando sin perjudicarlos.
Si bien es obvio que los temores que conducen a sobreproteger aparecen en situaciones que podrían poner en peligro la seguridad y la salud de los niños, es fundamental que los padres aprendan a reconocer la diferencia entre un peligro real y un peligro que no es tal sino que resulta de una percepción distorsionada de la realidad.
Terminaré repitiendo las palabras del profesor Andrés Luetich: "La libertad implica soledad interior. Quien decide, lo hace por sí mismo y asume la responsabilidad por su decisión. Si sobreprotegemos a nuestro hijo lo privamos del espacio de intimidad y soledad que necesita para formar su identidad y su personalidad, y, sin quererlo, dificultamos su desarrollo integral."
Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.