Carmen, una médica de 47 años, inteligente y racional, me aseguraba después de algunas sesiones que el cambio era imposible. Estaba convencida de que su personalidad perfeccionista y obsesiva estaba "marcada a fuego".
Al igual que se estampa el ganado para ser identificado, sentía que las experiencias de su pasado y la carga de su herencia determinaban para siempre su destino.
Por el contrario, al dedicar gran parte de mi vida al estudio y la comprensión de los procesos sicológicos, mi propia convicción, basada en testimonios diarios de mis pacientes, es que el cambio no sólo es posible, sino también necesario e ineludible.
Es cierto que, en gran medida, nuestra personalidad resulta moldeada por la carga genética que heredamos de nuestros padres y antepasados, pero en la vida nada queda como está y el presente nunca es exactamente igual al pasado, y el futuro siempre será una edición un poco diferente de lo anterior.
Si bien es cierto que la personalidad está parcialmente determinada por nuestra herencia, el ambiente y las experiencias de la vida dan forma y dirección al material "crudo" inscrito en nuestros genes.
Cualquier persona que ha tenido la oportunidad de observar la conducta de los bebés puede atestiguar que hay ciertos aspectos del temperamento de los niños que se mantienen a lo largo de la vida.
Los recién nacidos, cuando aún no han recibido una influencia importante del ambiente, muestran sin embargo diferencias individuales notables: algunos se sobresaltan ante el más minino ruido, otros duermen plácidamente, algunos se calman con facilidad y otros en cambio parecen inconsolables. A veces estas características permanecen como un componente estable de la personalidad que influirá en las respuestas habituales a lo largo de toda la vida.
Sin embargo el impacto del ambiente y las experiencias vitales, particularmente la relación con los padres y figuras importantes de la infancia, son tan decisivas como el bagaje genérico en la configuración única de la personalidad del adulto.
Un ejemplo notable es el de la esquizofrenia, enfermedad mental con un importante componente genético, cuyos síntomas pueden ser atemperados o permanecer latentes según la calidad de vida que le ha tocado vivir a la persona.
Esto significa que el cambio es posible. Algunos elementos básicos de la personalidad pueden permanecer iguales, pero se ha observado que muchos otros aspectos van evolucionando a través del tiempo de una manera gradual pero consistente.
También hay rasgos de personalidad que producen sufrimiento, como en el caso de Carmen, la paciente que consultaba por sus obsesiones y un estado constante de insatisfacción, y que ella sentía como realidades imposibles de cambiar.
Weisz es psicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.