He sido testigo de relatos desgarradores mientras me iluminaba la luz difusa que envuelve mi consultorio. Y a veces he sentido que debía filtrarse la brillante luz exterior en un mágico intento por proteger a quienes, frente a mí, batallaban para enfrentarse con sus fantasmas.
Como si la luz pudiera conjurar temibles y amenazadoras formas, escondidas tras la oscuridad.
Convocar recuerdos penosos del pasado es una experiencia difícil que sólo puede afrontarse con esfuerzo, decisión y ayuda. Exige un recorrido duro de hacer en soledad y que requiere la presencia de otro ser humano que sirva de sostén y apoyo.
Cuántas veces he debido ahogar mi propio deseo de llorar o gritar junto a la persona que me hablaba de su experiencia de abuso sexual. Es imposible imaginar las vivencias de confusión, vergüenza, culpa y humillación por las que debió pasar la víctima del abuso. Es inimaginable cuando la víctima es un niño indefenso.
Los niños y adolescentes que han sido abusados sexualmente muestran una variedad de síntomas psicológicos, físicos y conductuales que pueden variar en su severidad, pero que dejan siempre marcas indelebles en su personalidad. Los problemas que se presentan incluyen depresión, ansiedad, sentimientos de culpa, disfunción sexual en la madurez, aislamiento social o, al contrario, conductas antisociales o impulsivas.
La Asociación Americana de Psicología (APA) recomienda prestar atención cuando un niño muestra cambios súbitos en su conducta, como regresiones, trastornos del sueño, cambios en el apetito, problemas de conducta o de aprendizaje en la escuela y falta de motivación para participar en actividades sociales y escolares, ya que estas alteraciones pueden indicar la existencia de abuso o trauma.
Los efectos del abuso sexual no se manifiestan únicamente en la niñez. A veces los recuerdos permanecen reprimidos en el inconsciente por muchos años y salen a la superficie mucho tiempo después, en la adultez, muchas veces reactivados por sucesos vitales importantes como el matrimonio, el embarazo o la pérdida de un ser querido.
Se ha observado que las personas que han sufrido abusos en la niñez (sexuales, físicos o emocionales) presentan con frecuencia el conjunto de síntomas que indican la presencia de una depresión clínica.
Las consecuencias del abuso probablemente dependan de la duración, las características del ataque (si hubo violencia o amenazas) y de la relación del abusador con la víctima.
La terrible verdad es que muchos casos de abuso sexual son perpetrados por adultos conocidos por el niño o niña, a veces un pariente o un vecino o, peor aún, el mismo padre, un maestro, un sacerdote.
En ello reside quizás uno de los efectos más devastadores del abuso, el que origina sentimientos de confusión, culpa, vergüenza y quizás muchos de los problemas de disfunción sexual en la adultez.
Cuando el mismo adulto en el que se confía y de cuyos cuidados se depende es el mismo que se aprovecha de la confianza del niño para usarlo como objeto de placer personal, el efecto que produce es la transformación de los afectos, la destrucción de la autoestima, el rechazo al propio cuerpo y la desconfianza generalizada.
En la actualidad se sabe que experiencias traumáticas en la niñez, tales como el abuso sexual, desencadenan cambios en la estructura química del cerebro.
Aunque este aspecto de la actividad cerebral todavía se está investigando, se cree que una de las consecuencias de este proceso es que la respuesta automática frente al estrés se produce más rápidamente y es más intensa en la persona que ha sido traumatizada.
De este modo la persona desarrolla una hipersensibilidad frente a los conflictos que le presenta su medio ambiente y disminuye su capacidad para tolerar y enfrentar los problemas de la vida.
Es fundamental e imprescindible entender que el niño o la niña jamás tiene la culpa por el abuso. Además, aunque el niño quizás no entienda bien qué está pasando, tiene una percepción muy clara de que la acción del adulto está mal, que lastima profundamente y crea conflicto. Si el niño no cuenta lo ocurrido es por temor y un vago sentimiento de que lo que pasó es vergonzoso y de que será castigado.
En el peor de los casos el niño que mantiene el horroroso "secreto" lo hace porque frecuentemente es amenazado con la destrucción familiar o incluso la muerte de un ser querido.
Si la relación del niño con su mamá y su papá es buena, entonces relatará lo ocurrido.
Cuando nos enfrentamos con ese relato, es muy importante:
•Mantener la calma para que entienda que usted no está enojada con él.
•Debe creer siempre lo que el niño o la niña le dice, es muy raro que una criatura mienta acerca de un abuso sexual.
•Ofrezca mensajes positivos y de apoyo: "Estoy orgullosa de que me lo hayas dicho".
•Escuche al niño y conteste sus preguntas con honestidad.
•Respete su privacidad y no discuta lo ocurrido frente a otras personas.
•Informe a las autoridades.
•Busque ayuda profesional.
El secreto y la mentira son enormemente destructivos, es importante enfrentar lo ocurrido y tomar acción inmediata.
Es importante señalar que las niñas sufren abuso sexual en una proporción mucho mayor que los niños. Algunos profesionales están convencidos de que esta es una de las razones de la mayor incidencia de depresión en la mujer.
Sin embargo, los hombres también son victimas de abusos sexuales cuyo recuerdo puede interferir seriamente con la formación de una identidad sexual firme y sana y la posibilidad de establecer y mantener relaciones satisfactorias con sus parejas.
El camino a la recuperación es arduo y es conveniente hacerlo con la ayuda de un profesional. Para disolver las secuelas del abuso es necesario desenterrar los sentimientos y enfrentarlos. Es quizás la única manera de desarmar y vencer los fantasmas del pasado y así terminar con el tormento.
Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.