No cabe duda de que lo que hace que el ser humano sea precisamente humano, y que lo diferencia de los animales, es el don del pensamiento y de la palabra. Y es sobre la base de la palabra que el hombre construye sus vínculos, sus creaciones y su entorno en general. El efecto que producen las palabras es asombroso. Las palabras pueden tranquilizar o preocupar, pueden sostener o abandonar, pueden acariciar o golpear, son capaces de cambiar el estado de ánimo de la persona que las recibe de un modo inmediato.
Hay personas que ignoran el poder de las palabras y, en verdad, las usan sin reflexión y sin control. "No prestes atención a lo que digo, sino a mis acciones", le decía el esposo a una paciente que acudió a mi consulta, conflictuada por sus problemas matrimoniales. Pero sus palabras la herían y no podía olvidarlas.
Pablo, un joven que he tratado hace un tiempo, me contaba que no podía entender porqué su esposa se enojaba tanto por la manera en la que él expresaba sus opiniones. Reconocía que su elección de palabras quizá no era la correcta, pero pensaba que eso no debía tener la importancia que ella le otorgaba.
Lo que Pablo no podía reconocer era el hecho de que detrás de las palabras había una significado inconsciente, que permanecía oculto.
Él pensaba que era una cuestión de forma, sin importancia, y no de fondo. Cuando le decía a su esposa, por ejemplo, "¿cómo es posible que aún no hayas limpiado la cocina?", lo que expresaba era su frustración porque sus expectativas de llegar a una casa ordenada y limpia luego de un largo día de trabajo no se cumplían como él lo hubiera deseado. Esto lo enojaba, pero el enojo era expresado de una manera encubierta, de tal modo que el verdadero significado se perdía tanto para el como para su esposa, quien sólo registraba la agresión.
Que las palabras provoquen tal conmoción no es sorprendente si recordamos con cuánta intensidad nos conmueve la lectura. Un ejemplo: estoy leyendo un libro de Artuor Pérez-Reverte, que relata la historia de un joven del siglo 19 que se prepara para su primera batalla. A medida que leo, las imágenes creadas por las palabras me envuelven de tal manera que puedo sentir y ver la polvareda levantada por el trotar de los caballos y participar de la excitación ansiosa de los soldados.
Pero también es cierto que no siempre se puede confiar en lo que las palabras dicen, ya que la intención o la motivación pueden no estar explicitadas.
Hay discursos que "dicen" y otros que "ocultan"; hay personas que hablan con la intención de comunicar y otras que se esconden detrás de las palabras que entonces se transforman en escudo, en protección. En las sesiones de sicoterapia, cuando esto último sucede, se presenta la oportunidad de investigar el origen de esta necesidad de crear una especie de "cortina de humo" tras la cual el paciente se esconde. Cuando la comunicación abierta se reestablece, las relaciones mejoran y son más satisfactorias.
Cuando hay integración y armonía entre lo que se dice y lo que se piensa, entre lo que se expresa con las palabras y lo que se manifiesta de otras maneras no verbales, entonces lo que se comunica es claro y coherente. Más aún, si lo que se dice surge de la comprensión de los propios contenidos mentales, entonces engendrará una interacción con los demás que será más profunda y de mayor riqueza.
La palabra nos define como seres humanos y racionales y nos recibe e instala en un mundo humano aun antes del nacimiento. Recordemos el impacto de las palabras escuchadas en la niñez y pensemos de qué manera han participado en la formación de nuestra identidad. "Mi papá me decía que nunca iba a llegar a nada", me comentaba tristemente una joven, que sentía que esas palabras la habían perseguido toda la vida, enfatizando su propio sentimiento de inseguridad.
Es evidente que no es la palabra el único medio de expresión y que se da en un contexto social y cultural en el cual los significados se transmiten de muchas maneras. Pero la palabra es el medio privilegiado, el más sutil y perfecto.
Por último, quisiera destacar una de las peculiaridades más importantes de la palabra, y es la función organizativa que posee. La palabra es la vía por la cual el pensamiento se organiza y se desarrolla. Es la que permite objetivar las ideas, las que al ser así exteriorizadas permiten ser evaluadas, reforzadas o descartadas. Es justamente esta la razón por la cual el tratamiento de sicoterapia es un proceso primordialmente verbal.
En un contexto más amplio, es la palabra la que permite construir la historia, guardar la memoria de los hechos pasados, y constituir al ser humano en un ser histórico, protagonista de su pasado, de su presente y de su porvenir.
Por último, el ámbito donde la palabra adquiere su verdadera función mágica es en la poesía. Y quisiera concluir este artículo con un poema que justamente habla de las palabras:
"Hay tantas palabras..../Está la palabra mano, tibia, que se ofrece/está la palabra flor, azul, que se regala/está la palabra escudo, dura, que protege/y la palabra flecha, inútil, que dispara/Está también la palabra encuentro, abierta, que promete, /y está la palabra adiós, dolorosa, que separa./Pero la más triste de todas, la más solitaria,/es la palabra máscara, /que nos envuelve el cuerpo en silencios como una mortaja/ y deja afuera el alma".
Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.