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Suegras y nueras, ¿podemos llevarnos bien?

12:00 AM CDT on Monday, September 29, 2008

REFLEXIONES/ROSALINDA WEISZ

Es ya una tradición a lo largo de las épocas, la de considerar la relación entre suegras y nueras como un vínculo marcado por el conflicto. Y aunque esta predicción no siempre se cumple, para muchas familias es una realidad que parece inevitable.

Aun antes de casarme, y por lo tanto de transformar a la mamá de mi marido en mi suegra, recuerdo haber cantado una canción cuya letra dice: "Desde que salió la moda de tirar suegras al mar, la mamá de mi marido está aprendiendo a nadar".

Canciones y chistes acerca de esta dinámica familiar tan particular forman parte de la cultura y probablemente del inconsciente colectivo. ¿Cuál es el origen de tanto conflicto? ¿Qué se puede hacer para mejorar esta relación?

Debemos reconocer que, en el fondo, tanto nueras como suegras anhelan recibir, una de la otra, un reconocimiento y un respeto que parecen serles esquivos.

Sin embargo, es común escuchar las críticas de la suegra que opina que la esposa de su hijo no se merece un hombre como él, que no se ocupa de los niños como debería, o que es muy gastadora. Y también es común escuchar a las nueras quejarse de que la suegra es entrometida y controladora, que desvaloriza a su nuera y hasta compite con ella, y que siempre toma partido por su hijo.

Para tratar de entender este problema es necesario advertir que la ecuación suegra-nuera contiene dos variables de las cuales dependerá la resolución del conflicto.

La suma de la particular constelación de la personalidad de cada una, por un lado, y el contexto de las historias familiares, por el otro, es la que producirá el resultado que se expresará en la cualidad del vínculo entre ambas.

Más aún, muchas veces, dificultades que pertenecen a la pareja matrimonial se encubren y se desplazan y proyectan en los miembros de las respectivas familias, exteriorizando así los conflictos.

Un ejemplo ilustrativo es el de Rosa y Luis, una pareja que me consultó hace poco por continuas peleas, aparentemente causadas por la madre de Luis. Esta buena señora, viuda hacia años, llamaba a la casa a todas horas y, apelando a toda clase de argumentos (un problema eléctrico en la casa, una enfermedad que la incapacitaba), lograba que su hijo la visitara con frecuencia.

Luis sentía que no podía negarse a los pedidos de su madre, le apenaba saber que estaba sola y se sentía culpable en las raras oportunidades en las que no acudía a sus llamados.

Rosa se sentía abandonada por Luis, quien además parecía cada vez más distante de ella y a quien sentía que "le importaban más las otras personas que su propia mujer".

Después de varias sesiones, durante las cuales tanto Rosa como Luis pudieron hablar honestamente acerca de sus sentimientos, ambos comenzaron a identificar serios problemas en la relación entre ellos, que habían permanecido ocultos.

Luis sentía que Rosa era una persona posesiva y celosa, que no toleraba que él mantuviera la conexión con sus amigos de antes y con su familia.

Rosa se sentía engañada y decepcionada, ya que sus expectativas de lo que debería haber sido su matrimonio con Luis no se habían cumplido.

Ella había sido hija única y estaba acostumbrada a recibir atenciones y mimos, y Luis sentía que nada de lo que él hacia podía aproximarse a las gratas e idealizadas experiencias de Rosa en su familia de origen.

Luis no sabía cómo encontrar un equilibrio en sus relaciones como adulto, poniendo ciertos límites a las demandas de atención de su madre, queriendo mantener las actividades de su vida de soltero e ignorando que Rosa se había incorporado a su vida de un modo permanente (ya no eran novios que se veían los fines de semana sino marido y mujer), y esa realidad se había mantenido en la sombra y lo que sólo resaltaba con fuerza eran los conflictos "causados" por la madre de Luis.

A través de la terapia, Rosa y Luis han podido atender las necesidades de cada uno como pareja y han podido "negociar" la manera en la que otras relaciones se podían incorporar a la nueva vida que habían iniciado a partir del casamiento.

En el caso de las suegras, es frecuente que muchas de las tensiones se originen en la dificultad que tienen algunas madres en tolerar que los hijos ya hayan crecido, no necesiten de ellas como cuando eran niños, y se hayan hecho adultos.

Cuando la madre siente que ya no ocupa el lugar más importante en la vida del hijo, es cuando se siente a la nuera como una ladrona, alguien que se ha interpuesto entre ellos y cuya presencia es difícil de tolerar.

Hay nueras que, quizás por inseguridad o por no haberse sentido queridas de niñas, no soportan compartir al esposo con nadie. Quizás muestren aspectos de rigidez o dureza en sus personalidades, quizás perciban a sus suegras como fantasmas que están siempre presentes para criticar y desvalorizar y, casi sin pensarlo pueden transformar a la suegra mas dispuesta en una bruja inaguantable.

A pesar de todas las historias de "terror", también he conocido nueras que aman y respetan a sus suegras y que han encontrado en ellas una figura maternal que quizás nunca hayan tenido. Y también he conocido suegras que manifiestan admiración y cariño hacia sus nueras, a quienes perciben como las personas que han hecho felices a sus hijos.

Como en todas las relaciones humanas, es necesaria una dosis importante de madurez, bondad y capacidad de amar para que estas relaciones familiares se transformen en relaciones satisfactorias, solidarias y positivas.

Weisz es sicoterapeuta con práctica en Dallas. Puedes escribirle a reflexiones_rw@hotmail.com o llamar al 972-248-8416.

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