Loma Alta, Guanajuato – Al fondo de una calle de tierra flanqueada por casas de adobe, un grupo de 16 alumnos hace fila afuera de su escuela de cemento que tiene un solo salón.
COURTNEY PERRY/DMN
Cerca de donde Juan -un estudiante de Adamson High School en Oak Cliff- solía vivir, un grupo de estudiantes rinde homenaje a la bandera mexicana en una escuela primaria de Loma Alta, en Guanajuato. El más pequeño, un primo de Juan, sostiene la bandera, mientras la maestra les habla de Benito Juárez.
El más pequeño sostiene una bandera de México. Es marzo y durante el acto semanal de honores a la bandera la maestra habla a sus alumnos sobre el ex presidente de México Benito Juárez, cuyo aniversario se celebra ese mismo mes.
"Era un indio de Oaxaca que cuidaba sus borreguitas, así como ustedes", les dice María Gloria Martínez. "Imagínense, que uno de ustedes llegara a ser presidente". Mientras habla, nueve niños observan la escena desde el patio de una casa cercana. Varios de ellos tienen la edad para estar en la escuela primaria de la maestra Martínez, pero sus padres no los envían a estudiar.
La maestra Martínez, de 69 años, usa lentes, tiene el cabello corto y hace bordados para ganarse un dinero extra.
Con un salario equivalente a 170 dólares por mes, la maestra vive en la escuela durante la semana, y duerme en un catre junto a la puerta. La gente del pueblo le lleva comida.
En esta región árida de las montañas del centro de México, a casi 1,000 millas de Dallas, Martínez administra una escuela que regularmente envía estudiantes a la preparatoria Adamson en Oak Cliff.
El director de Adamson, Rawly Sánchez, no conoce a la maestra Martínez, pero el éxito de su trabajo en parte está vinculado a ella.
Muchos de sus alumnos provienen de áreas rurales de México como esta.
Uno de los estudiantes de Loma Alta que ahora asiste a la Adamson es Juan, un adolescente que, después de llegar a Estados Unidos, ahorró dinero suficiente para comprar una casa a poca distancia de la escuela rural.
En el 2006, tras desertar de la secundaria en México, se mudó a Dallas para trabajar en la construcción.
"Si ellos estudiaran a lo mejor no se iban, porque aquí a lo mejor podrían hallar trabajo", dice Carmela, una tía de Juan que vive en Loma Alta con sus 10 hijos.
"¿Porque si no tienen estudios a dónde van a dar? No pasan de cuidar animales, pero también ese trabajo ya se está acabando".
Loma Alta es uno de los más pequeños asentamientos que rodean al municipio de Ocampo –de 21,000 habitantes– en el estado de Guanajuato.
Ocampo, el poblado más grande del municipio tiene 6,000 habitantes.
Al preguntar a cualquiera en Ocampo si tiene un familiar en Dallas, la mayoría responde afirmativamente. Si no, es porque el familiar vive en Chicago, el segundo destino más buscado.
Casa Guanajuato, una organización que se dedica a ayudar a los inmigrantes recién llegados a Dallas, calcula que en esta ciudad viven más personas de Ocampo que en el mismo municipio.
Por más de 100 años, Guanajuato ha aportado un sostenido flujo de inmigrantes a Estados Unidos, que trabajan en ferrocarriles, granjas y en la construcción.
Un cibercafé en la plaza de Ocampo es frecuentado los viernes y los sábados por la noche por jóvenes que pagan 10 pesos o un dólar, para navegar por internet. Se necesitan sólo unos minutos para encontrar a alguien que haya trabajado en Dallas o que quiera hacerlo. Para muchos de esos jóvenes, ganar dinero es más importante que ir a la escuela.
De Ocampo, un municipio de Guanajuato, México, emigran decenas de jóvenes que eventualmente ingresan a la preparatoria Adamson en Oak Cliff.
16 de abril del 2008
En Loma Alta no había escuela primaria cuando la madre de Juan era una niña.
"Tenía yo 12 años cuando abrieron la escuela en Loma Alta", dice María, de 38 años, madre de Juan. "Dice mi mamá que antes les daba clases una señora en su casa y por su cuenta".
El nivel de escolaridad promedio de los habitantes del municipio es de cuarto grado, según estadísticas del gobierno.
El 15 por ciento no sabe leer ni escribir; sólo el 12 por ciento terminó la preparatoria. El municipio no tuvo una preparatoria hasta 1993.
"Cuando abrimos la preparatoria esperábamos que menos (muchachos) se fueran, pero como quiera siguieron yéndose", dice Francisco "Pancho" Pedroza, presidente municipal.
Antes de mudarse a Dallas, la sobrina y el sobrino de Pedroza estudiaron en la única escuela privada de Ocampo, el Instituto México. Ahora estudian en Adamson, con Juan.
Nacido en 1945, Pedroza cursó hasta el sexto grado en el Instituto México y empezó a trabajar. En ese entonces no había secundarias en Ocampo.
En 1966 se fue a Dallas, donde trabajó un año descargando productos del campo en el Farmers Market.
La "migra" lo descubrió, cuenta, por lo que de ahí se fue a Chicago, donde trabajó en una planta empacadora de carnes. En 1985 regresó a Ocampo.
Pedroza, de cabello blanco y una sonrisa constante, dice que está tratando de ampliar las oportunidades para los agronegocios y quiere atraer una fábrica de calzado. Eventualmente espera abrir una rama de la universidad en el pueblo.
Más que todo, dice, quiere darle a los habitantes de Ocampo un motivo económico para quedarse y a los jóvenes una oportunidad de educarse.
"Sabemos que no podemos impedir que se vayan", dice. "Pero si se van a ir, al menos que tengan una mejor educación".
La calidad de la educación en México varía ampliamente, entre los grandes centros urbanos y las remotas zonas rurales, como Loma Alta.
Las personas que viven en las áreas urbanas tienden a estar mejor preparadas académicamente.
Quizá el reto más grande de México sea dar mejores oportunidades a los estudiantes de las áreas rurales, donde las presiones económicas con frecuencia obligan a las familias a optar por el trabajo por encima de la educación.
Durante décadas, México ha experimentado con varias vías para llegar a estos estudiantes.
"En estos lugares yo veo mucho potencial", dice Carlos Flores, coordinador regional de los videobachilleratos. "Nada más que falta cambiar la cultura y se necesita más apoyo del gobierno".
Mientras las familias van y vienen por la frontera, más niños de las escuelas de Dallas están apareciendo en las escuelas de Ocampo.
Incluso hay indicios, según funcionarios municipales, de que estudiantes que vienen de Estados Unidos están ayudando a mejorar las calificaciones en las primarias.
No sucede lo mismo con los estudiantes más grandes que vienen del norte. Las quejas de los educadores mexicanos son muy semejantes a las de sus pares de Dallas en lo que se refiere a los estudiantes mexicanos. Los muchachos no conocen el idioma lo suficientemente bien, y sus habilidades en matemáticas son malas.
Los estudiantes que vienen de Estados Unidos traen consigo cierta actitud estadounidense. Jorge Rangel, de 16 años, nació y creció en Dallas pero se estableció en Ocampo con su familia poco antes de que iniciara el periodo de clases el verano pasado.
"Oh man, ya me quiero regresar", dijo recientemente en una clase en el Instituto México. "Esta escuela no sirve para nada".
María Guadalupe López, la maestra, nació en México y ha vivido en Chicago y Dallas. Dice que a los niños que han estado en escuelas estadounidenses no les gusta que les digan qué hacer y que van atrasados en matemáticas.
López se pregunta si aquellos que van y vienen entre ambos países logran dominar un idioma a nivel académico.
Sus comentarios hacen eco de la preocupación que expresan los docentes de Adamson sobre los estudiantes inmigrantes mexicanos con relación al suficiente dominio del inglés para aprobar los exámenes estatales TAKS.
"No es lo que yo quería", dice la maestra López a Jorge al regresarle un trabajo que les había encargado. "Dije que debían escribir lo que vieron, lo que aprendieron".
Los alumnos habían hecho una excursión a las pirámides de Teotihuacán, cerca de la Ciudad de México.
"Estuvo padre, pero aburrido al mismo tiempo", escribió Jorge en inglés.
Dificultados en adaptarse
Antes de mudarse a Ocampo, Jorge estudió en la escuela católica de Santa Cecilia, en Oak Cliff, y en la secundaria Grenier, donde jugó futbol americano. Su padre y un tío tienen una compañía de transporte de personas y cargamentos entre México y Estados Unidos.
Su madre, Norma Rangel, ciudadana estadounidense y egresada de la preparatoria Sunset, cree que su hijo está teniendo dificultades para adaptarse a su nueva vida.
"Yo creo que a medida que pase el tiempo le va a gustar (estar) aquí", dijo.
La siguiente etapa en la educación de Jorge, dice su madre, es la preparatoria de Ocampo, un moderno plantel cercano a dos secundarias y a una estación de experimentación agrícola.
Funcionarios municipales dicen que de casi 600 estudiantes que se gradúan de las secundarias de Ocampo cada año, unos 150 ingresan a la preparatoria, contando otras dos pequeñas preparatorias de poblaciones aledañas. Al analizar las cifras de inscripción del año escolar 2006-2007, el director de preparatoria, César Rangel, dice que 332 alumnos empezaron el año en los tres grados de la escuela. A finales del año quedaban 272.
La mayoría de los que dejaron de estudiar se había ido a Estados Unidos, según Rangel.
"Es una pena que no podamos retener a nuestra gente, pero se debe a que a nivel nacional no les estamos dando oportunidades de empleo", dice Rangel
COURTNEY PERRY/DMN
Algunos de los primos de Juan, que estudia en la preparatoria Adamson, juegan en su casa de Loma Alta, Guanajuato.
La preparatoria ofrece especialidades en tres carreras técnicas: mantenimiento industrial (reparación de máquinas, sistemas eléctricos y plomería), sistemas informáticos (software) y administración (trabajo de oficina).
Algunos estudiantes toman al mismo tiempo clases preuniversitarias.
Rangel dice que la escuela tiene 20 maestros, contando a los que trabajan medio tiempo. Ganan el equivalente de ocho dólares la hora, con un promedio de 32 horas por semana. Los estudiantes pagan una cuota de inscripción del equivalente a 45 dólares por semestre, aunque muchos reciben becas.
El profesor Rangel tiene algunas recomendaciones para los docentes estadounidenses que dan clase a inmigrantes mexicanos. "Que entiendan que estos jóvenes no saben inglés y van a una cultura distinta", dice. "Va a ser poco a poco que van a aprender el idioma".
Hernández y Jacobson escriben
para The Dallas Morning News.
EDUCACIÓN E INMIGRANTESLea este reportaje completo en nuestro sitio web.
También hay enlaces para videos con testimonios.