Juan dice que no está nervioso, pero sus bostezos lo delatan. Bosteza mucho. Un signo inequívoco de tensión.
COURTNEY PERRY/DMN
Estudiantes de la preparatoria Adamson, en Oak Cliff, hacen el juramento a la bandera en la clase de la maestra Marcia Niemann. En esta escuela, Niemann es una de las personas que mejor conoce a los alumnos que son nuevos inmigrantes.
"Se te ha acusado de pelear", dice Zack Cázares, director asistente de la preparatoria Adamson. Habla alternando español e inglés. Una grabadora de voz está corriendo.
Juan mira a su mamá, tratando de leer su reacción.
En la reunión, efectuada en febrero en la oficina de Cázares, Juan reconoce que pudo haberse alejado del pleito, pero no lo hizo.
Bajo la política de cero tolerancia de la Adamson, eso significa 30 días en Village Fair, una escuela alternativa del Distrito Escolar de Dallas. No importa quién haya iniciado la pelea.
Village Fair tiene mala fama. Muchos padres de familia, maestros y administradores se horrorizan de la posibilidad de enviar a un buen niño ahí. Un guardia de seguridad de Adamson que trabajó ahí dice que es una "minicárcel". Los alumnos usan camisas de color según un código.
El color morado significa que fueron castigados por pelear o por problemas disciplinarios. Verde significa secundaria. Blanco significa drogas. Las camisas blancas abundan.
Marcia Niemann es la maestra encargada de los estudiantes que aprenden inglés como segundo idioma en Adamson. En seis años de trabajar como docente, esta es la primera audiencia a la que asiste. Ella quiere asegurarse de que Juan, inmigrante reciente de México, y su madre entiendan completamente lo que está pasando.
Niemann teme que si Juan es enviado a una escuela alternativa, abandonará los estudios y volverá a trabajar. Para algunos menores como Juan, la escuela no se compara con el atractivo de un cheque de pago y la responsabilidad de ayudar a la familia.
Si hubiese un grupo de un estudiantes con menos probabilidades de graduarse de las preparatorias de Estados Unidos, podría incluir a Juan.
Él abandonó la secundaria en México y vino a Dallas a los 14 años con su padre para trabajar en la construcción.
Reporteros y fotógrafos pasaron el año escolar del 2007 con 60 nuevos estudiantes inmigrantes y se reunieron con sus familias y maestros para aprender sobre los retos que enfrentan en el salón de clases y en su hogar.
6 de junio del 2008
Al cabo de un año, ahorró lo suficiente para ayudar a traer otros familiares y comprar una casita de adobe en su país por el equivalente a 7,000 dólares cerca de la casa de sus padres.
Mientras trabajaba en la construcción, Juan se dio cuenta que necesitaba hablar inglés.
"Una persona que no habla inglés y no tiene papeles hace el trabajo de cuatro personas que hablan inglés y sí tienen papeles", dice Juan.
A los 15 años estudió en la Adamson durante tres meses antes de salirse para trabajar en una fábrica de muebles.
Ahora tiene 16 años, y ya lleva un par de meses del segundo semestre del primer año.
Todavía está a una edad en que, según la ley, debería estar estudiando, pero el tiempo apremia. A los 17 podrá salirse con el permiso de sus padres, y a los 18 podrá hacerlo por decisión propia.
Niemann dice que Juan puede ser "levemente revoltoso" en el salón de clases, pero que también es inteligente, sabe motivarse solo y que la hace sentirse exitosa en su trabajo.
"Es el tipo de alumno que da gusto instruir porque aprende muy rápido", dice la maestra. Sería un gran desperdicio de potencial si Juan no terminara la preparatoria.
Es difícil. Menos de dos de cada 10 inmigrantes mexicanos recientes de entre 15 y 17 años y con antecedentes de escolaridad irregular como es el caso de Juan logran terminar sus estudios, de acuerdo con un análisis de estadísticas del Centro Hispano Pew.
El 8 por ciento de los adolescentes del país nació en el extranjero, de acuerdo con el Pew, pero ellos representan la cuarta parte del total de jóvenes que abandonan sus estudios. Según el Censo, los desertores escolares incluyen a los adolescentes inmigrantes que nunca se han inscrito en una escuela estadounidense.
La madre de Juan, María, se enjuga las lágrimas con la mano abierta. Su esposo sólo estudió hasta segundo grado en México. Ella estudió hasta tercero, y posteriormente cursó un programa de estudios para adultos equivalente a nueve grados de escolaridad.
"¿Y va a permanecer encerrado?", pregunta en español.
"No, no, no", responde Cázares tratando de aclarar. "Va a ir a otra escuela".
Niemann se dirige a Juan. "Lo que quiero decirte es que te quiero de vuelta aquí", le dice con voz suave y pausada.
Juan no la mira. "No voy a regresar, Miss", le dice en inglés.
"Quiero que vuelvas, y espero que regreses a la escuela", reitera.
"No", dice Juan.
A nivel nacional y en el Norte de Texas el ritmo de la inmigración se ha desacelerado desde el 2001. Aún así, casi 2,000 nuevos estudiantes pasaron por el centro de admisión de inmigrantes del Distrito Escolar de Dallas en este último año escolar.
Al sumar los estudiantes que se inscribieron directamente en una escuela, el número de nuevos inmigrantes fue superior a los 2,200. Según el distrito, dos terceras partes de ellos vinieron de México.
Con ello, el número total de inmigrantes en el DISD asciende a casi 23,000 o uno de cada siete estudiantes.
El centro de admisión ha procesado a más de 12,000 niños desde que empezó a funcionar en el 2003. Cerca de la mitad fueron colocados en noveno grado, el primer año de preparatoria.
La mayoría de los que han pasado por el centro de admisión son parte de un grupo mayor de estudiantes que posee habilidades limitadas en el inglés.
En el ámbito estatal, el número de niños que aprenden el inglés aumentó a más del doble entre 1991 y el 2008, a más de 770,000, de acuerdo con la Agencia de Educación de Texas.
En contraste, el total de inscripciones aumentó apenas a una cuarta parte de ese ritmo. La abrumadora mayoría de los que están aprendiendo inglés son hijos de inmigrantes, nacieron en Estados Unidos y cursan la primaria.
En el distrito escolar de Dallas, el panorama es parecido. El número de estudiantes que están aprendiendo inglés creció de unos 23,000 a unos 51,000. Ahora constituyen casi una tercera parte de la nómina total de inscripción del distrito.
La mayoría de estos estudiantes es hispano. La mayoría de ellos o sus familias son de México.
Como ocurre con todos los estudiantes, factores como el nivel de escolaridad de los padres y el ingreso familiar influyen en gran medida en el éxito académico de los estudiantes que hablan poco inglés.
Pero además enfrentan otro desafío: entre más edad tienen cuando llegan al país y, por lo tanto, entre más tarden en aprender inglés, más difícil será para ellos obtener un diploma de preparatoria.
Para los inmigrantes recientes con antecedentes como los de Juan, es casi una misión imposible.
En cuatro años deben dominar un nuevo idioma para poder leer, escribir y hablar inglés con fluidez, al tiempo que deben acumular los suficientes créditos para graduarse de preparatoria.
Y en Texas deben además aprobar todos los exámenes de graduación TAKS.
El superintendente del distrito de Dallas, Michael Hinojosa, dice que los inmigrantes recientes que cursan preparatoria están "en el extremo de la fila" de estudiantes que están en mayor riesgo académico de desertar.
En la Adamson, cerca del 94 por ciento de los estudiantes es hispano, y el 80 por ciento aprendió inglés en la escuela, explica Niemann, mientras que el 27 por ciento aún está catalogado como estudiantes con limitados conocimientos del inglés (LEP). Cuatro quintas partes del total son de bajos ingresos.
En términos generales, la escuela tiene un promedio de graduación del 60 por ciento. En el caso de los estudiantes con escaso dominio del inglés, el promedio es más bajo aún, del 36 por ciento.
Además, del 30 al 40 por ciento de los estudiantes de Adamson están en el país sin documentos, según estimaciones del director Rawly Sánchez. La condición migratoria de un estudiante no representa un problema para Sánchez y sus maestros. Por ley, las escuelas deben dar educación a todos los niños, independientemente de su condición migratoria.
Hinojosa dice que antes su cálculo era que 20,000, ó cerca de una octava parte, de los 160,000 estudiantes del distrito se hallaban en el país sin documentos. Ahora dice que el total es algo menor.
"Todos son nuestros alumnos, no importa de dónde vengan", dice Hinojosa.
Los alumnos inmigrantes de Adamson provienen de varios estados de México. Pero los que provienen de Ocampo, un área rural del estado de Guanajuato, conforman el grupo más grande entre los inmigrantes recientes.
La escuela Adamson tiene tres maestros dedicados de tiempo completo a impartir clases de inglés como segundo idioma (ESL) y seis asistentes de clase, cuatro de ellos bilingües. Sus alumnos están divididos por habilidad y grado escolar.
A medida que mejora su aprendizaje, los estudiantes de inglés como segundo idioma pueden tomar también clases regulares en inglés impartidas por maestros que se supone deben estar capacitados para enseñar habilidades lingüísticas.
En otras materias, como matemáticas y ciencias, los estudiantes inmigrantes asisten a clases mixtas desde el primer día.
Los alumnos que cursan su primer año de inglés como segundo idioma toman ocho clases, pero obtienen créditos de graduación sólo por cuatro. Las primeras clases de lectura, inglés, inglés para matemáticas e inglés para ciencias no cuentan. Ello hace más difícil graduarse a tiempo.
Para cuando llegan a su penúltimo año o a su cuarto año en escuelas estadounidenses –lo que ocurra primero–, deben empezar a tomar los exámenes TAKS en inglés, por lo que la comprensión del idioma es de importancia total. Incluso el examen de matemáticas contiene problemas con palabras.
"No son las matemáticas, es la lectura", dice el profesor Kris Bentley, al explicar por qué muchos estudiantes que están aprendiendo inglés reprueban los exámenes de matemáticas del TAKS.
Muchos de los inmigrantes de reciente ingreso en Adamson habían estado viviendo con un familiar en México.
Por eso mientras el estudiante se adapta una nueva escuela y a un nuevo idioma, está batallando además para adaptarse a una nueva vida familiar. Muchas veces el padre o la madre se ha vuelto a casar en Dallas y tiene hijos nacidos en Estados Unidos.
En cuanto cumplen los 16, la mayoría de los alumnos de Niemann busca empleo, lo cual ella alienta porque los que trabajan aprenden más rápido el inglés, dice.
Entre los muchachos, especialmente, la presión para empezar a trabajar llega más pronto. En su familia ya son vistos como adultos.
Es por eso que es tan importante, dice Niemann, tratar de vincular a los estudiantes con la escuela.
Niemann encamina a algunos de sus alumnos a los equipos de entrenamiento de campo traviesa, a los cursos de oficios y al programa de cadetes JROTC. El entrenador de campo traviesa, Roberto Urbina, nació en México y es bilingüe, al igual que los tres instructores del JROTC.
En las primeras semanas del primer semestre, Niemann separa a sus estudiantes de segundo año por nivel de lectura y redacción en grupos de 15 alumnos avanzados y unos 22 intermedios, de entre 14 y 18 años.
Los resultados no tardan en llegar. En el grupo de nivel intermedio, Alex, que había pasado las primeras semanas mostrando desinterés y confusión, empieza a ofrecerse para leer.
Contesta preguntas. Termina sus tareas y ayuda a la maestra Niemann a traducir.
"Cualquier grupo de más de 12 ó 15 alumnos es demasiado grande para los chicos que están tomando inglés como segundo idioma y que están en nivel bajo. Es como una guardería", dice Niemann.
La llegada de nuevos estudiantes durante el año es difícil para los maestros, que tienen que determinar el nivel académico del joven y ponerlo al nivel del resto de los estudiantes.
El 1 de noviembre, después de nueve semanas de clases, la maestra Laurie González recibe cinco nuevos estudiantes. Uno de El Salvador y cuatro de México.
Después de las presentaciones, la maestra prosigue su clase sobre los tiempos del verbo. Ella les habla sobre soñar en grande y los planes para el futuro.
"Ustedes aprendieron un idioma cuando eran pequeños. Pueden aprender una segunda lengua y tener un buen futuro", les dice la maestra. Y repite: "soñar en grande".
Quizá nadie lo entiende mejor que Elías, uno de los cinco nuevos estudiantes. Él nunca había puesto un pie en las escuelas públicas de Estados Unidos, pero quizá habla más inglés que otros estudiantes.
El joven de 16 años se mudó de Ocampo, Guanajuato, ocho meses atrás y trabajó como asistente de soldador, enviando dinero a su mamá y dos hermanas en México. Tras perder su trabajo, decidió aprender inglés. Sus tíos le recomendaron tomar clases nocturnas, pero sus tías lo presionaron para ir a la preparatoria.
"No planeo terminar. Sólo quiero aprender más inglés", dice Elías.
Para marzo, Elías y otros dos jóvenes que ingresaron con él, habrán dejado la preparatoria.
Hernández y Jacobson escriben para The Dallas Morning News.
La reportera Holly R. Hacker contribuyó a este reporte.
EDUCACIÓN E INMIGRANTESEn nuestro sitio web se podrá acceder a las distintas partes de este reportaje. Hay enlaces para dialogar con los reporteros que hicieron esta investigación.