Por andar canaleando el lunes me perdí el inicio de “El juramento”. Demonios, no puedo mentir: estaba viendo “The Bachelorette”, por ABC. Esa noche, me importaba más ver el reencuentro entre DeAnna y Graham que la perfecta cabellera y el vientre plano de Natalia Streignard.
Afortunadamente, Telemundo repitió el primer capítulo de su nueva telenovela el martes por la mañana, así que mientras me tomaba mi café y me maquillaba, vi cómo se empezó a desarrollar esta historia de venganza e intrigas basada en “La mentira”, de Caridad Bravo Adams.
Me encanta que figurones como Héctor Bonilla y Salvador Pineda formen parte del elenco: histriones como ellos me recuerdan que es posible hacer la transición de galán a primer actor sin perder la dignidad en el camino.
Hablando de dignidad y clase, la eternamente bella Susana Dosamantes también aparece en “El juramento”. Desgraciadamente, los diseñadores de imagen decidieron ponerle una peluca de tan baja calidad que más que dama de la alta sociedad queretana parece prima hermana de Henruchito.
La lista de villanos la encabezan Héctor Suárez Gomís y Dominika Paleta, que se odian, se aman, y cuando no están elucubrando algún plan malévolo contra el personaje de Natalia, se la pasan haciendo cochinadas en el establo.
Dominika ha mejorado mucho como actriz, las villanas le van como anillo al dedo y su nuevo tono de cabello nos recuerda a su hermana Ludwika. Mi problema es con Héctor, que se percibe como un Kevin Spacey chafa y sobreactuado en churro hollywoodense.
La pareja principal, formada por Natalia y Osvaldo Ríos, no me convence y, aunque les voy a dar una oportunidad, de antemano les digo que la química no está ahí. Cada vez que los veo recuerdo a los protagonistas originales, Gaby Espino y Fernando Carrillo, que salieron del proyecto por razones personales y profesionales, respectivamente.
Mis últimas líneas van para Harry Geithner, que aunque sólo apareció en un capítulo, dio cátedra de actuación y convenció como el hombre desesperado y dolido que decide terminar con su vida por el desprecio de una mujer. ¡Mucho, güerito!
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