Esta semana miles de personas tomaron las calles de nuevo para demandar en el Día Internacional del Trabajo, el 1 de mayo, una reactivación de los esfuerzos legislativos para dar cabida a una regularización de quienes se encuentran en el país sin documentos.
Con pancartas y manifiestos dirigidos a las autoridades migratorias en las que se pedía no realizar redadas en centros de trabajo, estas marchas ahora son observadas como una ocasión de reclamo de un grupo pequeño que demanda algo imposible en medio de un clima antimigratorio exacerbado por una campaña electoral que polariza los temas.
En el país de las oportunidades y la garantía de la libre expresión, todos tienen derecho a dar su opinión y manifestarse pacíficamente. Las marchas del jueves se desarrollaron sin incidentes ni contratiempos y el mérito va a sus organizadores.
Pero aun si las marchas fueron pacíficas, eso no significa que fueron efectivas.
En Al Día sentimos que en estos días poco se gana con marchar. Al contrario, amplios sectores de la sociedad, entre los que se incluyen muchos latinos, simplemente no están de acuerdo con esta táctica.
Las marchas incluso corren el peligro de ser interpretadas como afrenta o rebeldía. Ciertamente esa no es la intención de quienes piensas que el gobierno federal debe afrontar ampliamente una reforma al sistema de leyes migratorias.
La intención puede ser la correcta, pero los métodos no lo son en este momento.
Al Día propone al liderazgo latino de todos los niveles que defiendan los derechos civiles y humanos de las personas a través de otros canales.
Es decir, dejar del lado marchas y protestas para, de esa manera, buscar una mayor incorporación de todos los hispanos, en especial la clase inmigrante a la sociedad en general.
A raíz de la megamarcha del 9 de abril del 2006 en el centro de Dallas, varios grupos locales han concentrado sus energías y esfuerzos en reclutar más migrantes legales para que soliciten la ciudadanía y puedan ejercer su voto. Y han conminado a los hispanos nativos o naturalizados, a registrarse y votar en elecciones locales y federales.
Estas acciones no hacen tanto ruido como las marchas, pero son a largo plazo mucho más efectivas para provocar el cambio en el tipo de cambios exigidos al gobierno.
Resulta llamativo que en la misma semana en que se realizaron las marchas la Oficina del Censo confirmó que la población Latina sigue siendo la de mayor crecimiento en Estados Unidos y ahora representa el 15 por ciento del total.
Sin duda una cifra impresionante, pero que carece de un peso político amplio debido que sólo un segmento de la población hispana es políticamente activa.
Por lo tanto, proponemos que en vez de marchar, es momento de despertar un activismo responsable cuyo mensaje sea de integración y asimilación, mas no de reclamos casi imposibles.
El impacto de las marchas y los discursos es limitado al momento. Pero el cambio que se puede provocar a través de la participación y la educación cívica beneficia a generaciones venideras.nuestra voz