Como abejas al panal. Así, casi rendidas a sus pies, están cayendo naciones de Centroamérica, el Caribe y Sudamérica ante Hugo Chávez.
Y no es precisamente miel el señuelo. No señores, se trata de algo mucho mejor: el oro negro que por estos tiempos tiene al mundo de cabeza.
Uno a uno los gobiernos de la región comienzan a doblar las rodillas. ¡Qué importan ya las diferencias políticas! Cuando la crisis entra por la puerta, la ideología se escapa por la ventana.
La ecuación es facilísima: venderle petróleo a las desesperadas naciones latinoamericanas bajo una fórmula en la que estos países pagan el 40 por ciento de la factura en 90 días y el restante 60 por ciento en un plazo de 25 años y a una tasa del 1 por ciento anual.
Ahora que la economía mundial comienza a sufrir verdaderos estragos y cuando los precios del petróleo tienen por el cuello a casi todo el orbe, ¿quién podría resistirse a esa jugosa tentación?
La diosa de turno se llama PetroCaribe, la entidad creada por el gobierno venezolano para vender crudo con facilidades a un número cada vez más creciente de naciones.
Estos locos precios del petróleo le están dibujado a Chávez una sonrisa casi permanente. Él nunca ha escondido que PetroCaribe tiene realmente propósitos políticos. Para el gobierno venezolano, esta entidad "es parte de PetroAmérica, una herramienta geopolítica que procura establecer mecanismos de cooperación".
El plan no podía ser menos perfecto: a la iniciativa petrolera ya se han sumado 14 naciones del Caribe, así como Honduras, Nicaragua y Guatemala. Costa Rica, cuyo gobierno no ha comulgado con las tesis políticas de Chávez, también considera seriamente la posibilidad de sumarse al grupo.
Chávez estará loco, pero de tonto no tiene ni un pelo. Conforme se agrava la crisis del petróleo, su oferta a las naciones de la región se vuelve más tentadora. Primero comenzó con un plan de 50 por ciento de pago en 90 días y el resto a 25 años.
Ahora la relación es de 40 por ciento en el corto plazo y el resto a los mismos 25 años. Y para que no haya dudas de su generosidad, prometió cambiar la ecuación a 30 por ciento del pago en 90 días y el 70 por ciento restante también a 25 años si el petróleo alcanza el escandaloso precio de 200 dólares el barril.
Chávez sabe que esa oferta en estos tiempos equivale a maná del cielo para muchas pequeñas y asfixiadas economías latinoamericanas. Y todavía decidió ir más lejos: les permitirá a estos países cancelar la deuda con productos, bienes y servicios.
Chávez, el magnánimo, jura a diestra y siniestra que todo esto es sólo una herramienta de solidaridad contra la pobreza en el continente y niega las acusaciones de que está regalando la riqueza petrolera venezolana.
Chávez sabe, aun así, que colocar en su órbita petrolera a las naciones latinoamericanas, es un instrumento vital para robarle un pedazo más a la tan venida a menos hegemonía estadounidense en el subcontinente.
Chávez no puede regalar el crudo porque la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), a la cual Venezuela pertenece, se lo impide, pero sí puede "subsidiar" a estas naciones para llevar agua a sus molinos políticos.
La de Chávez es una inversión a largo plazo: tiene claro que este mecanismo le permitirá garantizar que un buen puñado de naciones dependan de Venezuela por al menos un cuarto de siglo.
Qué tan lejos llegará esa dependencia y cómo va a jugar Chávez con ella, aún está por verse. Yo me limito a recordarles que en esta vida "no hay almuerzo gratis".
Álvarez escribe para
La Opinión de Los Ángeles.