En El Salvador las cosas se están poniendo color de hormiga. Es como si un terremoto político se avecinara.
Y es que conforme avanza el país hacia la próxima contienda presidencial, las piezas del ajedrez político se mueven con una rapidez inusitada.
El escenario político definitivamente ya no es el mismo y sus actores comienzan a transmutar.
Por primera vez en más de una década un candidato de la oficialista Alianza Republicana Nacionalista (Arena) aceptó debatir públicamente con el aspirante del opositor Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).
Esto no había ocurrido en El Salvador. No al menos desde que Arena se instaló en el poder hace ya cuatro gobiernos.
¿Las razones? Tal parece que los números hacen magia. Las encuestas dicen que entre más se acerca la fecha de las elecciones, más se aleja el oficialismo de la posibilidad de ganarse un quinto periodo en el poder.
Rodrigo Ávila, el candidato que aspira a mantener a Arena en el poder, sabe que no será fácil revertir una tendencia en la que los números le dan hasta un 16 por cientode ventaja al candidato del izquierdista FMLN, el periodista convertido en político Mauricio Funes.
No es el único cambio forzado en las filas areneras. Ávila, a diferencia de los anteriores candidatos de su agrupación, ha tenido que arrollarse las mangas y realizar giras por el interior y hasta hacer campaña casa por casa.
Además ha prometido –los políticos siempre prometen– crear una "nueva derecha". Esto, en buen español, significa que intentará poner un gran énfasis social a su proyecto político para intentar atraer a una gran masa de electores (casi una tercera parte), que aún no se han decidido por ningún candidato.
La izquierda, a su vez, también insinúa dramáticos cambios. Ha tomado distancia rápidamente de esa vieja línea ortodoxa que una vez la llevó a tomar los fusiles.
Ahora ha adoptado un tinte moderado que ha llevado a Funes a afirmar que está en contra de las FARC y que sus métodos lindan ya con el terrorismo.
Funes ha dado otros pasos estratégicos, algunos de ellos aquí mismo, en Estados Unidos. Se ha acercado, con algún éxito, a empresarios, profesionales y líderes salvadoreños para venderles un proyecto político que asegura que no riñe para nada con la empresa privada.
En la capital estadounidense, por ejemplo, el candidato del FMLN estuvo recientemente y allí fue acogido por hombres de negocios salvadoreños que hace unos años ni hubieran soñado con apostar por una figura de izquierda.
Su discurso refleja claramente ese coqueteo. "Los tiempos han cambiado. La izquierda no le teme a los negocios. Y los negocios no deben temerle a la izquierda", advirtió Funes.
Entonces, cuando uno observa el panorama general, identifica a una izquierda que ya no quiere lucir tan roja. Quizá por eso las flores que adornaban las mesas de esa actividad eran discretamente rosadas.
Al otro lado del espectro se encuentra un oficialismo que lucha por quitarse el saco de derechista recalcitrante y venderse más como una agrupación de centro.
Entonces, lo que antes eran polos ideológicos totalmente contrapuestos parecen acercarse mágicamente.
Y esta es una ecuación que le favorece ampliamente a Funes y los suyos, pues ha sido esa polarización entre derecha extrema e izquierda extrema la que espantó a muchos electores e inclinó la balanza hacia Arena.
La partida se pone cada día más intensa, pero las últimas cartas aún no se han jugado y está por verse quién dará el jaque mate.
Álvarez escribe para La Opinión
de Los Ángeles.