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Dos Papas, una misma misión

12:00 AM CDT on Tuesday, April 22, 2008

María Luisa Pérez Bernardo

Esta es la segunda vez que veo al Papa Benedicto XVI. La primera vez fue en Roma en el verano del 2006, cuando acudí de vacaciones. Es el segundo Papa que he conocido, y de los dos, tengo unos recuerdos muy entrañables.

De Juan Pablo II guardo unos recuerdos bien vivos. En el 2002 tuve la suerte de acudir a la Jornada Mundial de la Juventud, celebrada en Toronto, y en octubre lo volví a ver en Roma.

De él tengo la impresión de ser un magnífico pastor de la Iglesia, que dio su vida por los pobres, los oprimidos, los marginados, y no sólo por aquellos que sufren necesidades físicas, sino también espirituales: los abandonados, los ancianos, los niños de la calle, las víctimas de las guerras y de la violencia.

Así resuenan en mis oídos aún sus palabras, débiles, pero fuertes al mismo tiempo, unas que dejan huella, que no se olvidan tras el paso del tiempo. También puedo recordar su desvelo, su paternidad y cariño hacia los jóvenes.

En esa Jornada Mundial de la Juventud del 2002, hubo lluvias y tormentas, y todos los miles que habíamos acudido a ver al Papa, nos encontrábamos en la intemperie, esperando de forma ansiosa la llegada del querido Juan Pablo II y la misa que celebraría.

En aquel momento me encontraba cansada, abatida, y lo peor, completamente sucia, el barro que se había originado con la lluvia, había cubierto mi cuerpo y cabeza.

Pensé en abandonar el lugar, deseaba volver a mi automóvil y no esperar más, no quería recibir al Papa en esas condiciones, en ese estado tan lamentable.

Pero al cabo de una hora, cuando vi entrar a Juan Pablo II, anciano, aquejado por la enfermedad y los malestares de la edad, cuando vi subir al Pontífice al altar, pensé que él era el que había venido del otro lado del Atlántico a hablarme a mí, al igual que a muchos jóvenes, de un mensaje de paz, amor y fraternidad, a decirme que yo tenía que ser un testigo valiente de su palabra.

Esos recuerdos de Juan Pablo están muy presentes en mi vida, y aún hoy en día puedo recordar vivamente lo que dijo ese 26 y 27 de julio del 2002.

La presente visita de Benedicto XVI a Estados Unidos también ha dejado una huella muy profunda en mi persona. Benedicto fue la mano derecha de Juan Pablo II. Los dos, junto a muchos cardenales, obispos y laicos, trajeron un renovado espíritu a la Iglesia del siglo 20 y comienzos del 21. Benedicto, al haber pasado tanto tiempo con Juan Pablo, se ha visto impregnado e influenciado por el candor, pureza y sencillez del antiguo Pontífice.

He podido comprobar personalmente la vigilancia y atención por este país que ha sufrido y sufre las consecuencias de la guerra, las catástrofes naturales, la inmigración y un sinnúmero de problemas sociales y familiares.

A sus 81 años de edad, sigue trabajando de forma tenaz y perseverante por erradicar todos los males que aquejan al hombre moderno: la pobreza, el relativisimo moral e intelectual, los ataques contra la vida, la falta de respeto al inmigrante, al exiliado y al que no tiene un hogar, ni una patria.

He visto la alegría en los ojos del romano Pontífice, tras el recibimiento de miles de jóvenes agrupados y reunidos no sólo en la Universidad Católica de América, sino por todas las calles del Distrito Federal. El Papa estaba contento, radiante, porque en esta juventud está el futuro no sólo de la Iglesia, sino de toda la sociedad.

Además, me ha ayudado a comprobar de nuevo la universalidad de la Iglesia, una familia grande y extensa, pero a la vez, unida en comunión bajo las mismas creencias.

El miércoles 16 de abril, tras largas horas de espera, tanto en la calle Pennsylvania, como en la explanada de la Universidad Católica, pude hablar con multitud de personas, de diversos países y razas, pero unidos todos nosotros por el amor a Cristo y a su Iglesia.

Lo que más me apasiona de estos dos Papas que he conocido, es el coraje con el que defienden la dignidad humana. Tanto en la Casa Blanca, como en la sede de Naciones Unidas, Benedicto XVI ha hablado sobre la libertad, no sólo como don, sino como una llamada a la responsabilidad personal.

También ha reiterado la necesidad de edificar una sociedad más humana y más justa, donde Cristo esté en la cima de todas las actividades humanas.

Bernardo es una residente del Norte de Texas que acudió a la misa del Papa en Washington.

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Opinión: Fuente de RSS

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