Mis pocos y muy aguantadores lectores sabrán a estas alturas que no soy ni de lejos economista, para fortuna mía y de las finanzas mundiales, ya de por sí tan maltrechas. No tengo tampoco dotes de pitonisa ni adivinador, ni información privilegiada que me permita saber cómo es que saldremos del actual atolladero en que ya está inmersa buena parte del mundo.
Esta crisis afecta las estructuras financieras no sólo de Estados Unidos, sino de todo el mundo desarrollado y de muchas naciones en vías de desarrollo. Es difícil comparar los males, pero sin duda los países más pobres tienen menos herramientas a su disposición para hacer frente a la falta de liquidez y de crédito que se está presentando por doquier. No puedo imaginarme a un banco central en África disponiendo de recursos para reactivar su economía ni preparando un plan anticrisis o contracíclico.
Los grandes males del capitalismo que algunos celebran como si se tratara del merecido castigo a los excesos y la voracidad de los mercados financieros y sus operadores tienen como principales víctimas a los más desprotegidos.
De una u otra forma, los responsables de este estado de cosas sabrán capear el temporal y tendrán los recursos para ello. Pero hay que compadecerse de quienes son simples deudores o acreedores o no tienen capacidad de negociación, que de ellos será el verdadero castigo, de ellos la ignominia del fracaso, de la quiebra.
Nada de nuevo en ello, pero tal vez un momento de pausa para quienes festejan hoy el supuesto colapso del capitalismo sin reparar en lo que a todos los demás impactaría. Mucho se ha dicho acerca de las similitudes de esta crisis con la de 1929, como si fuera posible hacer comparaciones lineales o como si asistiéramos ya al espectáculo macabro de inversionistas lanzándose al vacío desde los balcones de sus lujosas oficinas o reducidos a vender lápices o manzanas en las esquinas.
Las características de la crisis del 2008 son muy diferentes y tienen que ver fundamentalmente con los excesos y abusos del mercado crediticio y con las consecuencias que ahora le toca a cada quien afrontar, desde el banco que prestó dinero irresponsablemente hasta el acreedor que pidió prestado sabiendo que jamás podría pagar.
Para los mexicanos aquí hay recuerdos y enseñanzas de 1994-95, pero también grandes diferencias. En ese entonces, una devaluación abrupta del peso sumada a un alza dramática de las tasas de interés llevó a muchos a la quiebra, desde personas físicas hasta pequeñas, medianas y grandes empresas que súbitamente no pudieron hacer frente a sus obligaciones.
Pero hemos aprendido la lección y los niveles de endeudamiento de familias, empresas y gobierno son hoy muy inferiores a las de hace 15 años en México o a las de hoy en día en Estados Unidos. Aunque suene increíble, México ha sido más maduro y responsable en sus manejos financieros que los vecinos del norte.
No pretendo minimizar el impacto de este mayúsculo atorón económico, pero sí ponerlo en perspectiva. Pese a los numerosos errores cometidos por el gobierno, la banca y las corredurías estadounidenses en los últimos años, la principal economía del mundo sigue teniendo a su disposición numerosas herramientas para hacerle frente a la situación y un músculo que ni de broma tenía en 1929.
La presencia de muchos otros motores económicos en el mundo, como el chino o el europeo, por mencionar a los dos principales, hace que los impactos de la crisis sean más difusos. Sea como fuere, estamos presenciando el fin de una época que sólo unos pocos van a extrañar. Ojalá que la que venga sea más provechosa y más pareja para todos.
Guerra Castellanos escribe para El Universal de la Ciudad de México.