Llegó tan abrupta como inesperadamente. Arrasó a su paso, primero, con los favoritos en la contienda, entre ellos Mitt Romney y Tim Pawlenty, gobernador de Minnesota, para después enfocar su furia destructora en sus contrincantes del partido opositor.
Pero, como todo fenómeno natural, una vez desatada su energía no ha habido manera de canalizarla en una sola dirección, por lo que Sarah Palin está afectando a todos en su trayectoria.
Fue apenas hace unos días que John McCain anunció el nombre de su compañera de fórmula. La reacción inicial fue primero de asombro, luego de sorpresa y finalmente de curiosidad. ¿Quién era esta mujer cuyo nombre no figuraba en las quinielas y que si acaso había sido incluida en las listas de probables como elemento de distracción? ¿Quién era este personaje cuya trayectoria política era más bien corta y de papeles secundarios, gobernadora de un estado tan lejano como irrelevante en la vida electoral estadounidense?
Nadie, salvo el propio McCain, estaba preparado para su llegada. Ni los medios tenían perfiles de ella a la mano ni los demócratas habían alistado material para atacarla. La primera reacción de muchos analistas, incluido quien esto escribe, fue pensar que se trataba de un ardid para disputarle el voto femenino a Barack Obama, tras la derrota de Hillary Clinton. Pero revisando un poco más a fondo su biografía y su trayectoria resulta que Sarah Palin tiene muchos más atributos –positivos y negativos– que los que originalmente imaginábamos.
El mismo director del comité de selección de McCain entrevistó a Sarah Palin hasta la parte final del proceso, y fue ahí, según los chismes washingtonianos, que se enteró de que su hija soltera de 17 años estaba embarazada, hecho que ha generado un sinfín de comentarios, críticas y especulaciones acerca de la vida personal y familiar de la todavía gobernadora.
Curiosamente, el estado de buena esperanza de la jovencita no le ha afectado mayormente a su madre, al menos no dentro de su partido, donde los guardianes de la moral y las buenas costumbres le han dado una interpretación curiosa a esta situación: como la niña, menor de edad y soltera, piensa tener al bebé y casarse con su novio (no necesariamente en ese orden) entonces su conducta cuadra perfectamente con los valores republicanos del derecho a la vida.
Mucho más preocupante debería ser la conducta de Palin como funcionaria, pues se le acusa de haber despedido al comisionado de policía estatal después de que éste se negó a despedir a un oficial de su corporación en proceso de divorcio –nada amigable, obviamente– de la hermana de la gobernadora. Otros rumores que corren acerca de su familia son menores, y no deberían tener impacto en el debate público.
En su discurso ante una monocromática convención republicana, el huracán Sarah dio un giro y dejó encantados a los asistentes. Con una retórica que encendió al auditorio y que a mí francamente no me impresionó demasiado, la candidata a la vicepresidencia se lanzó como perro de ataque en contra de la fórmula demócrata, y de Barack Obama en particular. (Antes de que se me acuse de misoginia, aclaro que la misma Sra. Palin hizo una bromista comparación entre los perros de ataque conocidos como pit bulls y las madres que llevan a sus hijos a jugar hockey y que son el equivalente norteño de las "Soccer Moms". La diferencia entre los pit bulls y las Hockey Moms, según Palin, es que éstas usan lápiz labial.)
Comparaciones aparte, queda en el aire la pregunta de si McCain y su equipo realizaron su proceso de selección con la profundidad debida y de si su tormentosa compañera de formula no le provocará más daños a la casa propia que a la de enfrente.
Guerra Castellanos escribe para El Universal
de la Ciudad de México.