Hay quienes ven con sorpresa que, a estas alturas del proceso electoral para presidente de Estados Unidos, las encuestas muestren una competencia tan cerrada entre Obama y McCain.
Uno diría que, tomando en cuenta el bajo nivel de aprobación del gobierno de Bush en los últimos meses –alrededor de un 30 por ciento– la cosa estaría difícil, casi imposible para cualquier candidato de su partido que quisiera sucederlo en la silla presidencial.
Por eso uno se rasca la cabeza cuando escucha que en las encuestas nacionales Obama y McCain van a pocos puntos porcentuales el uno del otro.
Si uno usa la lógica, diría que la gente, que en su mayoría dice que el país está caminando en la dirección incorrecta, quisiera un cambio.
Pero no es tan sencillo. Después de observar un rato la política estadounidense y de captar algo de la forma de pensar de los votantes en este país, uno se da cuenta de que ellos tienen su propia lógica.
En resumen, quien no ha vivido un tiempo en este país y no ha prestado atención a lo que aquí ocurre está, en efecto, rascándose la cabeza con extrañeza ante lo que muestran las encuestas. Lo mismo ocurrió en el 2004. Medio mundo no podía creer la reelección de Bush porque para ellos era más que obvio que su gobierno había mentido, y mucho, para emprender la guerra en Irak.
Para empezar, hay que recordar que las encuestas nacionales no nos dicen quién va a ganar. Aquí no se elige al presidente por el voto popular y, si no pregúntenselo a Al Gore, que en el 2000 recibió casi medio millón de votos más que el susodicho Bush y, sin embargo, al perder Florida –en buena o mala lid– perdió el Colegio Electoral.
Aquí se ganan elecciones presidenciales estado por estado, sumando delegados y votos al Colegio Electoral, un proceso enrevesado que yo misma he tardado años en comprender, y eso que me dedico a esto, y que aún no entiendo para qué diablos sirve. El mapa del Colegio Electoral y las encuestas estado por estado nos revela un país en el que, más o menos, cada estado ya tiene su tendencia marcada y difícil de cambiar.
Hay estados republicanos (irónicamente aquí los republicanos son los rojos), como Texas, Florida y la mayoría de los estados del Sur como las Carolinas, Mississippi, Louisiana, así como el centro del país, Kansas, Nebraska, South Dakota. Sitios de un Estados Unidos tan profundo que para los que vivimos en las costas y grandes ciudades, es difícil imaginar cómo son.
En esos estados hay mucha gente pobre, hay poco contacto con el mundo, hay valores muy tradicionales, la religión tiene un papel preponderante, casi dominante en la vida: es una región de gente sencilla, que quisiera que las cosas sigan como siempre fueron. Son nostálgicos de los viejos tiempos, podríamos decir.
Un historiador llamado Thomas Frank escribió un interesante libro llamado What's the matter with Kansas? (¿Qué pasa con Kansas?) en el que explica por qué en ese estado cuadrado –literal y figurativamente– la gente es tan republicana.
Frank hace la distinción entre conservadores económicos y conservadores sociales. Estos últimos se oponen al aborto, al matrimonio gay, son ultrarreligiosos y siguen a los políticos que enfatizan estos valores. El detalle es que esos mismos políticos aplican medidas económicas que van en contra de los intereses de esa propia gente.
Marrero escribe para La Opinión de Los Ángeles.