En el 2002, el Partido Demócrata de Texas presentó "una fórmula de ensueño": un latino para gobernador, un afroamericano para el Senado federal y un anglo para vicegobernador. Un profesor de Ciencias Políticas blanco dijo que con los cambios demográficos, Texas llegaría a un punto en que en las filas de legisladores demócratas no habría blancos.
Esa historia me viene a la mente por las vueltas en la lucha por la nominación presidencial demócrata. Es lo que Barack Obama llama una "política de divisiones y distracciones".
Parte de esa discusión es la cuestión de si los liberales blancos y los "progresistas" del Partido Demócrata, han madurado lo suficiente como para permitir que los afroamericanos se conviertan en protagonistas.
El partido tiene con los afroamericanos una deuda, porque le ayudaron a elegir demócratas en contiendas locales, estatales y federales desde 1960, cuando John F. Kennedy ayudó a quebrar el control republicano absoluto sobre los negros.
Hoy, 50 años más tarde, la pregunta es si los demócratas devolverán ese favor, al rechazar los argumentos ofrecidos por los partidarios de Hillary Clinton de que Obama no puede ganar porque su apoyo no es suficientemente amplio.
El mensaje es claro y se basa en una verdad inconveniente: si Obama se convierte en el nominado demócrata hay un considerable número de demócratas blancos que no lo apoyarían.
Algunos de ellos viven en Indiana y en North Carolina donde según las encuestas alrededor de la mitad de los electores de Clinton dijeron que no apoyarán a Obama.
Lo que hemos estado viendo no es sólo el proceso de un partido en busca de un nominado. Es un partido que trata de poner en práctica sus valores, y eso no siempre es fácil.
Para ver en qué medida ha sido confuso, consideren lo que sucedió la semana pasada, durante la cobertura de CNN en la noche de las elecciones, cuando los analistas políticos Donna Brazile y Paul Begala entablaron una pelea verbal.
La pelea se inició cuando Brazile, una superdelegada no-comprometida que tiende a apoyar a Obama, mencionó algo sobre la revitalización del Partido Demócrata.
Begala, que apoya a Clinton, lo tomó como infiriendo que "los blancos de la clase obrera" no serían ya bienvenidos. Brazile, frustrada, insistió en que no era eso lo que ella quería decir. Begala repitió que los demócratas "no pueden ganar sólo con intelectuales y afroamericanos".
La fórmula vencedora, dijo Begala, es la que siguió el presidente Clinton en sus dos elecciones: "apelar a los blancos de la clase obrera y a los latinos", algo que, insistió, Hillary ha demostrado que puede hacer, y Obama no.
Brazile recordó a Begala que, en el curso de los años, ella fue a muchos barrios de clase obrera haciendo la campaña para los demócratas y "bebió más cervezas con el típico obrero y la típica obrera que la mayoría de los demócratas blancos". Lo esencial, dijo, es no dividirnos.
Begala se cavó una fosa más honda al decir que "la única manera de ganar esto en mi partido... es unir a blancos, afros, latinos y asiáticos".
"¿Qué quieres decir con eso de mi partido?", respondió Brazile enojada. "Es nuestro partido, Paul", dijo.
Los afroamericanos han apoyado mucho al Partido Demócrata. Si Obama resulta ser el nominado, sabremos si los demócratas están dispuestos a devolverles el favor.
Navarrette escribe para The San Diego Union-Tribune.