Cuando uno toma el espinoso tema de la inmigración, a veces no es fácil decir con qué parte de la discusión se va a pinchar el dedo.
Hace poco hablé del tema en un panel. Dado el tenor de las preguntas –una persona sugirió abrir la frontera– yo diría que el público era bastante liberal.
Cuando hice un llamado a las sanciones para los empleadores, insistí en que el racismo era parte del debate y sostuve que gran parte del escándalo se basaba en el temor a los cambios en Estados Unidos. No obtuve una gran reacción, pero después hice un comentario que sí impactó al grupo.
"Saben", dije, "vale la pena mencionar que no sólo los indocumentados realizan trabajos que los estadounidenses no desean hacer, sino que muchos de los trabajos que llevan a cabo eran realizados, en una época, por jóvenes adolescentes o de veintitantos años –sus hijos e hijas– que, como generación, han demostrado tener una ética laboral terrible".
Mi punto era que además de mejorar las leyes de inmigración y su cumplimiento, necesitábamos también mejores prácticas como padres, y producir jóvenes que sepan cómo trabajar y que no teman romperse el lomo. Entonces, los empleadores con los que he hablado –productores de manzanas en Washington, dueños de restaurantes en North Carolina– que dicen que no pueden encontrar estadounidenses jóvenes que desean trabajar, no sentirían que deben contratar indocumentados.
Después, fui rodeado de una serie de individuos enojados que dijeron que se sentían ofendidos. Insistieron en que tenían hijos buenos, que trabajaban con tesón en la escuela y como voluntarios en causas importantes durante el verano. Pero cuando pregunté si los muchachos tenían empleos después de la escuela o en el verano, cambiaron de tema. Algunos me dijeron lo que habían dicho a sus hijos: que su "trabajo" era estudiar mucho en la escuela y obtener buenas calificaciones.
Está bien. Pero los jóvenes también deben aprender a obtener trabajo, ser puntuales y a ser empleados confiables. Esos rasgos también son valiosos. Y si muchos jóvenes no los adquieren, no nos debe sorprender que muchos empleos acaben en las manos de los indocumentados.
¿Qué pruebas tengo de que los jóvenes tienen una ética de trabajo débil?, me preguntó un hombre que estaba en la audiencia.
Respondí que se habían escrito varios libros acerca de la Generación del Milenio, nacida entre 1982 y 2002. La mayoría de los autores indican que este grupo está absorto en sí mismo hasta llegar al narcisismo, lo consume la fama y la fortuna, lo plaga un sentido de tener derecho a las cosas y es reacio a conceptos tales como "empezar desde abajo". A muchos de estos niños los criaron convenciéndolos de que eran "especiales" y ahora consumen una dieta tupida de reality shows como "American Idol", en los que con una cierta cantidad de suerte o de talento, te puedes volver rico y famoso del día a la noche.
Cuando se presentan a trabajar, muchos jóvenes son –según los que los supervisan– notablemente difíciles de manejar. Se visten como vagabundos, cuestionan la autoridad, hacen caso omiso a las críticas y se preguntan en forma impaciente por qué, si comienzan repartiendo el correo el lunes, no son vicepresidentes el viernes.
Además, dije, la generación MySpace tiene tal autoestima que muchos de ellos no se "rebajarían" a aceptar los trabajos sucios que van a los indocumentados.
El hombre se encogió de hombros y se fue. No quiso ser persuadido. Sólo quería defender a sus hijos. Es natural. De hecho, es loable.
Pero no ayuda. Hemos acusado a México, a las grandes empresas, a los medios, a los grupos de presión, al gobierno estadounidense y, por supuesto, a los mismos indocumentados de nuestra situación actual. De hecho, nos hemos quedado sin culpas para repartir. ¿Es de sorprender que no quede nada de culpa para quienes estamos criando hijos?
Hace casi ocho años, el presidente Bush inició lo que se convirtió en una conversación nacional sobre la reforma migratoria. Hemos hablado casi acerca de todas las facetas del asunto. Y sin embargo de alguna forma –y no creo que sea por accidente– nunca llegamos a tener una discusión franca y honesta sobre una de las cosas que contribuyen a la inmigración ilegal: el hecho de que muchos de nuestros ciudadanos, especialmente los jóvenes, fueron criados para despreciar los empleos que terminan en manos de los indocumentados.
Si deseamos hallar una solución, debemos aceptar nuestra parte de responsabilidad en el problema.
Navarrette escribe para The San Diego Union-Tribune.