La edad de oro de la banca estadounidense está gradualmente pasando a la historia. Y por razones obvias.
Durante años, especialmente los últimos 10 ó 15, el celo y la avaricia de Wall Street se han encargado de acabar con la filosofía que en su día sirvió de engranaje capitalista: proveer de capital a las empresas del país.
Así nació en la Gran Manzana el mayor centro financiero que jamás el mundo haya conocido. La escasez de capital fue la razón que motivó a personajes como J. Pierpont Morgan a entrar en negocios.
De algo tan simple, propio del siglo 19 y principios del 20, hemos pasado a un saco roto por la avaricia. Los años 90 del siglo 20 serán conocidos como la década negra en la que las futuras generaciones contemplen el principio del fin. En 1994, la Ley McFadden de 1927, que impedía a los bancos abrir sucursales en otros estados, expiró. Y en 1999 vio su fin la Ley Glass-Steagall de 1933, que obligaba a los bancos a elegir entre la banca comercial y la de inversión.
Los bancos comerciales ganaron la batalla para poder establecer franquicias nacionales, una excusa para la mayor consolidación conocida en la industria bancaria comercial. Así se pavimentó la formación de los grandes bancos hoy más célebres por las quiebras y rescates gubernamentales que por los beneficios a veces distribuidos en forma de dividendos.
Durante los últimos años no hizo falta escasez ninguna de dinero para que la banca financiera se empecinara en engrasar la maquinaria empaquetadora de créditos de dudosa procedencia y sospechosa gestión con el único fin de lubricar el flujo continuo de capital que sirvió para engordar las cuentas de los libros de resultados de tantas firmas otrora emblemáticas.
La escasa o nula supervisión gubernamental hizo el resto. Durante años se acumularon fortunas ficticias de papel mientras que los altos ejecutivos cobraban obscenos emolumentos – no ficticios – como recompensa de tanta "brillantez" contable en los balances corporativos.
Hasta que explotó la burbuja.
Ahora, y siguiendo la más fiel teoría darwinista, solamente sobrevivirán los más fuertes. Y desde que incluso los dos únicos supervivientes de Wall Street – Goldman Sachs y Morgan Stanley – pidiesen permiso para reconvertirse en bancos comerciales a la antigua usanza, cabe esperar la existencia de dos tipos de bancos: los grandes y los chicos.
Bank of America, Citigroup y JP Morgan Chase competirán codo a codo con los bancos comunitarios y los sindicatos crediticios (credit unions) con ofertas de servicios más personales y arraigo local.
Pero no piense que competirán en igualdad de condiciones. El tamaño de los grandes ofertará ahorros y buenos productos a cambio de su dinero y confianza. Confianza que hoy en día está por los suelos. Aunque para ser sincero, espero que no se haya perdido del todo como para volver a los días en que los ahorros mejor se guardaban en las alcancías en forma de cerdito. Los cerdos, ya sabemos todos quiénes son.
Usted dirá.
Pulgar escribe para La Opinión de Los Ángeles.