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Sabor a nostalgia cubana

11:29 AM CDT on Friday, April 18, 2008

Por BILL ADDISON

Unas ventanas completamente bloqueadas reciben a los clientes al entrar al local de Caribbean Café en un centro comercial. ¿Qué hay detrás de esta fachada oscura? ¿Será algo ilícito, exclusivo o revolucionario?

WILLIAM DESHAZER/DMN
WILLIAM DESHAZER/DMN
Un bistec de palomilla, con cebolla salteada y tostones, una especialidad de Caribbean Café.

Nada de eso, se trata de un simple comedor. Mesas con paneles de madera y sillas con respaldo recto. Un bar dotado con lo básico.

Las paredes beige están cubiertas con fotografías que parecen escogidas de entre el surtido de cuadros listos para colgar que se veden en algunas megatiendas.

Una atmósfera casual de inmediato relaja a los clientes. En dos visitas que hice al restaurant, otros comensales cantaban sin pena al ritmo de la música latina que sonaba en el estéreo.

Tal vez también tenga que ver la cocina casera para que se sientan a gusto.

Después que reseñé un restaurante de inspiración cubana recientemente, varios lectores me sugirieron que me diera una vuelta por Frisco para probar el segundo local de Caribbean Café (el primero está en Carrollton).

El primer bocado que le dí al sandwich cubano – que provocó muchas otras mordidas compulsivas – me hizo sentir agradecido por la sugerencia. Ya he probado otros restaurantes cubanos decentes en la ciudad, pero este barrió con los demás.

La hogaza de pan, cortada en dos, había sido prensada para fragmentar su corteza, mientras que el mundo interior de carne-queso-mostaza había quedado fundido.

Hago énfasis en lo de la mostaza: tus fosas nasales, incitadas por la capa de encurtidos, se van a despejar, al tiempo que tus glándulas gustativas de notas bajas se ocuparán felizmente del jamón y el puerco asado.

Nos concentramos en otros ingredientes cubanos esenciales. El arroz con pollo lleva 45 minutos para cocinar, y se anuncia como suficiente para dos, aunque, para los que comen carne con moderación, el arroz podría alcanzar para tres o cuatro.

Sumergidas en los granos sedosos, las piezas de pollo retienen su humedad, incluso recalentadas.

Una advertencia sobre el color del arroz: es un anaranjado technicolor. ¿Cómo se puso así? La respuesta más probable es el aceite de achiote.

Llamé al cocinero de Caribbean Café para preguntarle, pero las barreras del idioma impidieron una comunicación fluida.

"Cilantro y achiote", fue su respuesta. El platillo contiene rebanadas de tomate, guisantes y algunos cortes de aguacate, pero ningún signo visible de hierba fresca.

Pero independiente de que sea o no, fue un platillo muy satisfactorio.

No así la ropa vieja. Las tiras de carne de res no habían alcanzado su punto de flacidez, y a la salsa de tomate le hacía falta un poco del condimento que le pusieron a una de las entradas de camarón, el enchilado de camarones.

En este caso a la salsa de tomate le habían puesto demasiado ajo y especias, pero no tanto como para arruinar el platillo, que fue el preferido de nuestro amable anfitrión esa noche.

Y el picadillo quedó más o menos al centro del espectro de sabores: no fue ni agresivo ni tenue.

Sin embargo, la carne molida condimentada ciertamente sentó estupendamente bien con el montón gris-morado de moros y cristianos (frijoles negros y arroz guisados juntos).

Para lograr otra textura pedí una ensalada de aguacate, literalmente simples cortes de aguacate. Nada de lima, ni aderezo ni sal, pero a pesar de todo aportaron su natural sofisticación a la rústica mezcla.

Pensándolo bien, la próxima vez voy a alterar aún más ese platillo con un poco de la excelente salsa de cilantro que venía con las papas rellenas clásicas, la esfera de puré de papa frita rellena con picadillo sorpresa.

El restaurant tenía otras desventajas: un mojito desabrido inició una comida, y la cerró un flan demasiado denso (aunque con una salsa de caramelo perfecta). El fricandó y el puerco asado estaban secos.

Pero solo por los méritos del sandwich cubano y el arroz con pollo, es fácil darse cuenta por qué este humilde lugar enciende las brazas nostálgicas de algunos.

Addison escribe para The Dallas Morning News

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