Nueva Orléans — Ron Forman quiere cambiar la actitud de los adultos hacia bichos y arañas del rechazo a la admiración. Después de todo, ellos limpian la tierra, polinizan las plantas y constituyen un enorme segmento de la cadena alimenticia.
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“Sin los insectos la naturaleza no existiría”, sentenció Forman, director ejecutivo del Audubon Insectarium, el primer atractivo turístico que abre en Nueva Orléans desde el huracán Katrina.
El complejo, construido a un costo de 6.2 millones de dólares producto de donativos privados y 20 millones en fondos públicos, es uno de los pocos insectarios sin fines de lucro.
En Nueva Orléans la colección consiste en arañas, ciempiés, cangrejos de río, hormigas, mosquitos y otros insectos de seis patas. Los quisquillosos podrán decir que entonces no es un insectario, sino un “artropodario”.
Como quiera que se le llame, miles de bichos vivos y montados están en exhibición desde que el Insectarium abrió sus puertas el 13 de junio en un espacio de 23,000 pies cuadrados del viejo edificio de Aduanas (Custom House) cerca del Barrio Francés.
Algunas criaturas, como las mariposas —que despliegan sus alas en el salón de la metamorfosis y revolotean en el jardín de las mariposas, al estilo japonés—, tienen una vida muy corta.
La población de mariposas se mantiene con la compra de unas 700 por semana en forma de crisálidas, su etapa entre oruga y mariposa adulta.
El entomólogo en jefe Jayme Necaise estima en 35,000 el número de habitantes vivos del Insectarium, más 15,000 ejemplares montados, haciendo ver que no hay forma de llevar un conteo de las colonias de hormigas y termitas.
El hucarán Katrina echó a perder los planes de abrir el insectario cuando inundó el 80 por ciento de Nueva Orléans en agosto del 2005.
El Aquarium of the Americas del Audubon Institute, ubicado en las riberas sufrió graves daños, aunque el Zoológico Audubon tuvo mejor suerte.
Los planes eran que el insectario debía ser inaugurado en el verano del 2007. El Custom House no se inundó, pero el gobierno federal tardó un año en permitir el regreso de los trabajadores al edificio.
La calidad histórica del Custom House —su construcción inició en 1849— representó un reto para constructores y arquitectos. Nada podía ser instalado de manera permanente, según la vocera del Audubon, Melissa Lee.
Hay trasfondos pintados y esculpidos en altas paredes de madera dentro de los espaciosos salones y corredores.
El instituto requirió de un permiso federal para disfrazar de ciprés una gruesa columna que hay en uno de los salones.
Las amplias puertas de madera quedaron intactas, por lo que el público puede apreciar por dónde entraban las carretas tiradas por caballos que traían mercancías importadas o a exportar para que fueran inspeccionadas por los agentes aduanales, explica Lee.
El resto es una mezcla de ciencia y capricho. Una amplia sala de recepción donde los visitantes pueden esperar o comprar boletos se abre hacia una calzada y una exhibición de insectos prehistóricos.
Modelos de libélulas con alas de 30 pulgadas de envergadura se mueven a lo largo de unos rieles bajo el techo.
“Así de grandes eran”, dice Lee. En uno de los escenarios, un modelo de celofísis más pequeño que su tamaño real (el dinosaurio de rapiña de afilados dientes llegaba a medir 9 pies de alto) persigue a una libélula del tamaño de un puño.
Al salir de la calzada hay un túnel diseñado para dar a los asistentes la perspectiva subterránea de los insectos. Allí hay una lombriz de tierra de unas 18 pulgadas; los ácaros son del tamaño de una ciruela.
Afuera de los baños, unos escarabajos rinocerontes tejen sus bolas en una exhibición enmarcada con una imitación de una de esas bolas, pero de una yarda de alto.
El entomólogo Zachary Lemann observaba con admiración a los insectos. “Míralos: qué bonitos, qué lindos son!”.
Lemann no sólo les habla bonito a los insectos: también los cocina, y en colaboración con el chef del insectario, Alan Ehrich, en la cocina de exhibición, donde se puede ver una enorme fotografía de un niño tailandés comiéndose muy contento unas arañas clavadas en un palillo.
A los visitantes se les invita a probar bocadillos hechos con insectos comestibles como las “galletas de chocolate chirp”, los crujientes grillos estilo Cajun, los rollos de larva de escarabajo y libélulas fritas.
Probablemente existen unos 100 insectarios y casas de mariposas en todo el país, pero la mayoría son parte de zoológicos o jardines botánicos, dice Joseph Norton, director del Sophia M. Sachs Butterfly House, en las afueras de St. Louis, en Chesterfield, Mo.
Agregó que hay establecimientos especializados con fines de lucro en Florida, Georgia y Missouri.
Algunos fueron creados por compañías fabricantes de pesticidas, como el Insectropolis en Toms River, Nueva Jersey, o el Cockroach Hall of Fame de Plano, Texas con dioramas de cucarachas pintadas y vestidas.
El Insectarium de Montreal, que sirvió de modelo para el museo de Nueva Orleans, recibe 400,000 visitantes al año. Los directivos de Audubon esperan unas 350,000 personas cada año en Nueva Orleans, dijo Lee.
“Voy a tener que ir”, dijo Katherine Edler, de 23 años, encargada de un bar en el Barrio Francés. “¡Y ni siquiera me gustan los insectos!”.
McConnaughey escribe para The Associated Press